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viernes, octubre 18, 2019

A MI PADRE, por Paco Vega

Mis hermanos y yo nos preocupemos por él cuando se jubiló hace ya muchos años porque pensábamos que no iba a saber encontrar su sitio -como les pasa a muchos jubilados- y temimos seriamente por su salud, pero él supo reinventarse y adaptarse después de una larga vida de trabajo. Desde el primer momento “tomó posesión” de la cocina, dando rienda suelta a sus dotes culinarias descubiertas y desarrolladas en la mili allá por los años 50 en el Aaiún. De esta manera las tareas de la casa quedaron divididas, de forma que él se ocupaba de la cocina y mi madre del resto de la casa. Así convivieron durante varios años para su felicidad y nuestra tranquilidad, hasta el día en que mi madre sufrió un serio revés de salud que la apartó forzosamente de los quehaceres diarios y que mermó su vitalidad natural. Desde entonces él se hizo cargo de todas las tareas de la casa y además de la salud y calidad de vida de mi madre. Cuidar de su mujer se convirtió desde entonces en su principal dedicación a tiempo completo. Incluso se ocupó de la tarea del baño y aseo diario cuando por festivo u otras eventualidades los servicios sociales dejaban de cubrir los servicios que tenía asignados (Dios bendiga a las políticas sociales impulsadas desde los Ayuntamientos y que se mantienen contra viento y marea). Lo mismo estaba pendiente de su medicación que de sus revisiones y citas médicas, y así durante catorce años hasta el fallecimiento de mi madre en diciembre de 2010.
 
Como todo el mundo ya habrá imaginado estoy hablando de mi padre. Un hombre que es todo un ejemplo de trabajo, honradez y dedicación a la familia. Recuerdo que en un tiempo muy lejano, durante mi niñez, llegué a sentirme un poco avergonzado por su “avanzada edad” para la época, el que usara sombrero y que fuese un humilde jornalero de plataneras, con todas las limitaciones y privaciones económicas que eso implicaba (que estupidez). Pero hoy a sus 87 años me siento muy orgulloso de su fortaleza, trayectoria y entereza moral, que además ha sabido transmitir a sus hijos. Sebastián, Cosme y este “aprendiz de persona” que les escribe nos sentimos ahora muy orgullosos de aquél humilde jornalero que supo mantener y defender aquel núcleo familiar con entereza a pesar de las dificultades económicas.
 
Hoy como pequeño homenaje a un hombre que se hizo a si mismo, que aprendió a leer y escribir en
la mili -porque nunca fue a la escuela- que aprendió a cocinar y acabó siendo el cocinero de los suboficiales durante su periodo de servicio militar (III Tabor de los Tiradores de Ifni-Sahara) en el Aaiún de los 50, quiero escribir estas merecidas líneas de reconocimiento a su trayectoria y a toda una vida de sacrificio.
 
Este es mi padre, D. Francisco Vega Ramos, del que hoy sus hijos nos sentimos muy orgullosos y felices de poder seguir contando con él y disfrutando de su compañía. También de su excelente mano con “los potajes y queques” (3º puesto en la concurso de queques de las fiestas de San Pedro de La Atalaya 2015 -a traición, porque él no sabía que concursaba-), toda una delicia para el paladar de quienes hemos tenido la oportunidad de disfrutar de ellos. Lógicamente los años también han ido pasándole factura y ya no tiene ni la vista ni el oído de antes, al margen de otras limitaciones físicas propias de la edad, pero conserva esa conversación fluida y esa sabiduría adquirida por la información suministrada por la universidad de la vida y a través de años de sosegada lectura, del periódico y sus libros, así como por la recibida a través de su inseparable compañera, la radio.
 
Quiero aprovechar para lanzar desde este medio un humilde mensaje de comprensión, respeto y generosidad para NUESTROS MAYORES. A veces los hijos -entre los que me incluyo- en nuestro afán sobreprotector, abroncamos a nuestros mayores por sus despistes e incoherencias. A veces pretendemos que obren como lo hacemos nosotros sin saber ni conocer cuál es su estado físico o psicológico en ese momento. Ellos sólo necesitan ser escuchados y nuestra comprensión y cariño. Los hijos debemos perdonar y comprender -sin abroncar- sus despistes y hasta sus temeridades. Debemos ser conscientes de sus limitaciones físicas y psíquicas, así como su voluble estado de ánimo, que al igual que nosotros también fluctúa con los días y las épocas del año. Ser conscientes de que censurar su independencia y hasta su atrevimiento es acortar su felicidad, su libertad y sus pequeños momentos de esparcimiento, aunque a veces sea a costa de su propia seguridad. Cuando debamos hacer alguna advertencia sobre su seguridad debemos hacerlo siempre desde el cariño y la comprensión. Tantos años vividos, tantos sacrificios y penalidades bien merecen un justo reconocimiento de confianza y respeto por nuestra parte. Su felicidad debe primar por encima de todo, aunque sea a costa de nuestra tranquilidad. No se puede tener todo. Algún día no estarán y ya será tarde para rectificar.
 
Un día después de la celebración del invento comercial del “día del Padre” -al que todos sucumbimos- quiero agradecer públicamente a mi padre su dedicación a la familia y su fortaleza ante todos los reveses de la vida, y que aún a sus 87 años siga dándonos ejemplo de sabiduría y entereza.
 
Todos los días doy gracias a Dios por la fortuna que he tenido de disfrutar de un padre así.
 
Gracias Papa. Te quiero mucho.
 
 
PD. Los te quiero, los abrazos y los besos, tan necesarios para ellos, también nos los ahorramos con demasiada frecuencia.

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