Anclajes al recuerdo

Se acercó al aparato de música, escogió un CD de “Europe” y lo puso en el lector. Acto seguido se dirigió al segundo cajón de la cómoda, tomó una caja de Winston y el mechero rojo, para dirigirse a la mesa del salón. Una vez sentada en el sofá cerró  —por un instante— los ojos, para después quitar suavemente  el celofán que cubría la aún a la caja. La abrió con cuidado, como si de un acto ceremonial se tratase; extrajo el papel plateado y acto seguido un cigarrillo, desde el mismo centro del paquete.

En ese instante volvió a quedarse quieta, por unos segundos, y a cerrar los ojos.

Nuevamente tomó el mechero en sus manos y encendió el cigarro. Inhaló suavemente, como si quisiera detener el tiempo.  No desperdició ni una pizca de humo;  inhaló varias veces, sopló  la humareda  sobre su mano, impregnándola de aquel penetrante olor que pretendía atrapar.  Volvió a cerrar los ojos, y otra vez  aspiró desde la boquilla del tabaco todo el humo que pudo, con la máxima intensidad,  para luego rodear con aquella nube gris, suavemente provocada,  sus dedos,  la palma de su mano, su muñeca…

Repitió estas acciones  una y otra vez más. Cuando hubo acabado el cigarro se echó hacia atrás en el sofá, pasó su mano izquierda sobre  su estómago y se agarró al otro lado de la cintura, con fuerza y ternura a la vez, como se agarra al ser amado, y comenzó a oler su mano derecha, mientras mantenía los ojos cerrados, recordando  aquel primer amor de la niñez.

Le sentía presente, imaginaba, nuevamente,  aquellos ojos grises penetrando en los suyos, el roce de las mejillas, la sensación que le produjo aquel primer beso con sabor a tabaco… y la sensación de tener algo dentro de su boca,  que  a la vez que la invadía  y agobiaba un poco, la hacía sentirse mujer,  a pesar de haber vivido aún apenas tres lustros. Así fue su primer beso, al que siguieron muchos más con el mismo sabor, aunque quizás algo más amargos.

Desde la distancia todo tiene otro sabor. Muy de cuando en cuando le gusta recordar que un día fue feliz, de otra manera, soñando en un mañana que ahora es hoy.

Nada fue como esa joven niña imaginó, pero aún así no pierde la esperanza de que tras la estela de humo aparezca la magia, tan soñada y necesaria para todos en esos instantes donde nos sentimos caer en el abismo.

Irene Bulio ©

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