«VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE»

"VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE"

N° 63. “RESTAURANTE MANO DE HIERRO. UNA COMIDA ALGO CARA”.

El Restaurante Mano de Hierro estaba situado en Santa Brigida, a la orilla de la carretera general que va a San Mateo. Se llamaba así porque su propietario, un alemán afincado desde hacía muchos años en Gran Canaria, tenía una mano amputada por debajo del codo con una prótesis de hierro. Era un malhablado en el sentido de que decía muchos tacos, pero como hablaba mitad español y mitad alemán, su pronunciación resultaba graciosa. Un Domingo estaba yo con mi mujer en el Restaurante Don Carlos de Sardina de Gáldar tomando un café y un licor en la barra, después

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N° 62. «EL INVENTO DE UNAS NUEVAS SERENATAS».

En los años de mi juventud se estilaba darles serenatas a las novias, e incluso a alguna chica que te gustara. Lo normal era que te hicieras con un guitarrista, y si podías con una bandurria o un laúd y un cantante. La música preferida eran los boleros que habían popularizado el famoso trío Los Panchos desde su creación en Nueva York en 1944. Como una muestra más de lo popular que eran las serenatas, les cuento que en mi etapa gofiona, muchos años después, a principios de los años 70, se acostumbraba dar serenatas por navidades a todas las

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N° 61. «LOS CURANDEROS. PUEDEN SER UN PELIGRO».

Esta es una vivencia muy personal que puede servir de ejemplo a otras personas en algunos momentos de su vida, pues a veces también aprendemos de las experiencias negativas de los demás. En el mes de Septiembre del año 1999, sufrí una lumbo-ciática, (inflamación de los nervios lumbago y ciático), muy fuerte, de las peores. Eran unos dolores muy fuertes, insoportables, que los calmantes apenas mitigaban. Estuve casi un mes sin poder moverme de la cama ni siquiera para hacer las necesidades más elementales. Mi mujer me tuvo que comprar un chato y una botella, iguales a las que se

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N° 60. El ron mala compañía para vigilar una vaca de parto.

Les voy a relatar esta vivencia, de la que fui uno de los protagonistas, y que desde luego no me siento nada orgulloso de ella, más bien todo lo contrario. Por encontrar una justificación, quizás fuera por mi juventud y la de los otros dos amigos. Esta triste historia ocurrió cuando yo tendría en torno a los diecisiete años. Los nombres de los otros dos amigos me les voy a reservar porque lo más probable es que no les guste verse inmersos en esta desagradable vivencia. Por tanto utilizaré nombres ficticios. Uno de ellos ya falleció, pero está su familia.

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