Comienza un nuevo año al que yo le llamo un nuevo tiempo.

Y no es gratuito este llamado, pues es la percepción de cuanto me acontece. Acumulamos muchos años a nuestras espaldas, muchos momentos que dan por cerrado y abierto fechas en el calendario con la esperanza de que las cosas que nos importan cambien para bien. Sin embargo con el paso de los años observamos que se convierte en una rutina poco productiva y nada creíble en la que caemos ingenuamente abducidos por una sociedad de consumo muy atractiva y seductora. Son muchas las fechas trascendentes que nos establecen los ritmos de vida e incluso nos generan ansiedad, estrés y todo tipo de dependencias mayormente negativas.

La navidad es quizás la que mayor cumulo de fechas determinantes nos proporciona, ya no solo por las tradicionales en nuestra cultura cristiano-romana sino por la influencia anglosajona, fundamentalmente por el vistoso Papa Noel mayormente rojo aunque verde también, y siempre de barba blanca y espesa al que le añadimos unos aullidos no menos curiosos y hasta ridículos según el gusto y tolerancia del consumidor. La Noche Buena concebida como de recogimiento familiar con la preceptiva misa del gallo y el tan mediático mensaje del jefe del estado que con tanto esmero esperaran algunos políticos para hacerse notar al menos unas horas por navidad, ya no es lo que era. Una noche buena que representa el nacimiento de Jesucristo y por lo tanto en occidente marca la nueva era de la historia moderna que ya acumula 2016 años. Llego la Navidad y como la tradición es muy aburrida y le faltan regalos materiales celebramos el «Merry Christmas» y “Papa si es”.

Tan solo se trata de un cambio de valores. Los regalos comprados con la tarjeta de crédito pasan a ser más importantes que el maravilloso regalo de sentarse a comer toda la familia unida junto a la mesa y dar gracias por el amor compartido y solidarizarse con quienes no la tienen y lo están pasando mal. El fin de año viene a ser el gran acontecimiento de la navidad en el que no ahorramos saludos y abrazos, lo hacemos hasta con quienes no vemos, ni le hablamos durante todo el año. Es como un abrazo exprés en el que liberamos las tensiones, olvidamos rencores y frustraciones tan fugazmente, que acaban junto con la resaca de la borrachera obligada y vestida de postín con frac incluido y restos de confeti. Fiesta que se ha convertido en la puesta de largo de los más jóvenes que se estrenan cada vez a más temprana edad con la connivencia entre otros, de los porteros de las discotecas y demás lugares adaptados para la noche en cuestión, donde el alcohol es como siempre el rey de la fiesta y las calles adyacentes el vertedero más abominable y sugerente para los avispados fotógrafos de la inverosímil selva urbana donde los animales tacón en mano y corbata medio cuello suelen moverse con gran torpeza embriagadora.

El culmen de estas fechas llega con la noche de reyes, a la apoteosis del consumo se le une la necesidad de mostrar el amor fraternal con regalos que compran sonrisas y conquistan corazones por un día. Es una noche mágica en la que todos nos encanta sentirnos engañados, mientras continuamos poniéndole de comer en la puerta a los camellos nuestras carteras quedan desnutridas y según el caso hipotecadas por algún tiempo. Es tal la magia de los magos de oriente que los niños entregan sus chupetas mientras los padres tomamos unos chupitos en esas barras de bares improvisados en las zonas comerciales donde hay espacio y conciliación para todos hasta altas horas de la madrugada, en ese último suspiro de gasto sin que se nos quede nadie por comprarle algo de su cariño. El día de Reyes será la mayor muestra de despilfarro inútil que con alegría y gozo grabamos en vídeo con nuestros nuevos artilugios electrónicos recibidos días antes con «Noel and compani». Al menos es una magnífica oportunidad para el encuentro macro familiar que se afea y entristece cuando van faltando las abuelas. Sin embargo y a pesar de la acidez producida en un sistema de consumo insaciable, inducido por unos pocos y sin escrúpulos que manejan la economía mundial, se va despertando la dulzura del ser humano en la libertad individual de pensamiento , en un resurgir de la supervivencia basada en los principios de la observación de la naturaleza.

Y es ésta la que nos está dando muestra de nuestra pequeñez para recuperar la humildad de la criatura que acaba de nacer despojada de todo bien material y protegida tan solo por el amor, el bien más preciado que solemos despreciar cuando confundimos la materia con lo divino, con la vida. Pero comienza un tiempo nuevo, un tiempo donde el valor de la vida y por lo tanto del amor recupera espacio, cada día somos más los que pensamos y ejercemos desde el poder de nuestro ser y desde la humildad de acción individual para converger en un movimiento de transformación que nos coloque en igualdad entre humanos y entre los seres que conformamos la naturaleza que nos dio vida y cobijo en este planeta que nos soporta a pesar del daño que le estamos haciendo. Siempre nos quedará enero, una cuesta que nos llevará a la cima de nuestra conciencia desde dónde podremos elegir sucumbir al poder atrayente y seductor del carnaval… erg.

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