La corrupción es el mal que invade y anega el comportamiento humano, llevándolo al mayor descrédito, hasta la propia perdición y destrucción.

Mi experiencia en América y Europa me ofrece argumentos suficientes para sostener esta exposición.

La corrupción lo contamina todo: no es selectiva.

¿Puede haber un mal mayor en una comunidad que la existencia de una mayoría de corruptos? No lo creo.

La corrupción no tiene límite y afecta a todo.

Si en una sociedad hay una mayoría de corruptos, esa sociedad sufrirá males inimaginables, porque el corrupto critica y ataca al que es corrupto y al que no lo es cuando le dañan.

¡Existe la globalización de la corrupción! Sin lugar a dudas.

La corrupción no tiene límite ni en los efectos, ni en los hechos, y se convierte en una espiral que ahoga y cercena de manera progresiva la convivencia, la existencia, la felicidad y la libertad.

El corrupto termina por ver la corrupción de forma normal y natural. Y actúa siempre de manera corrupta. 

Para el corrupto todo tiene un precio y todo vale. Vive y desarrolla su vida en base a esa creencia.

La corrupción es activa y tiene una enorme influencia y poder. Por desgracia es actual.

La corrupción no nace espontáneamente, se suele heredar y se desarrolla por falta de educación, y siempre por falta de honestidad.

La corrupción es una herencia que se va transmitiendo de generación en generación. Hay países de enormes riquezas materiales y que están en la miseria más absoluta, con escasez de materias absolutamente necesarias e imprescindibles para la vida normal y natural, como las medicinas, el pan, la leche…

Hacer desaparecer la corrupción es de un valor inconmensurable, de una valentía inaudita, de una educación y honestidad acrisoladas, y de una voluntad y valor admirables.

Benditos y alabados sean los pueblos que eliminan la corrupción, de ellos es la gloria terrenal y el bien material, alcanzando metas de felicidad inigualables porque viven el bien con normalidad y en comunidad y la felicidad se amplía de forma exponencial.

Roguemos y recemos, los creyentes, y hagan sacrificios los no creyentes, para que desaparezca la corrupción personal, familiar, local, nacional e internacional, y el Planeta Tierra volverá a ser habitable, feliz en la convivencia, solidario en los problemas. El amor será lo normal entre nosotros, llegando a la necesaria felicidad y libertad para volver a tener la vida normal y natural.

 

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