Las primeras semanas o meses del año son tiempo propicio para los buenos propósitos. En este tiempo abundan los deseos de llevar adelante aquello que nos parece bueno o que hemos intentado hacer otras muchas veces y no ha acabado de cuajar. Pero, a pesar de esta proliferación de proyectos y buenas intenciones, todos tenemos experiencia de cómo la mayoría no duran demasiado. No pretendo desanimar a nadie, pero la cultura del “querer es poder” esconde una gran verdad… y una gran mentira. Es cierto que, cuando algo nos afecta e impulsa por dentro, nos transforma en personas creativas, capaces de buscar el modo de alcanzar aquello que deseamos profundamente. En ese sentido, querer es buscar el mejor modo de poder.

Pero, por otra parte, esa expresión oculta que lo mejor de nuestra vida, lo que resulta verdaderamente importante, solo puede ser recibido como regalo. El cariño, el interés de los otros, el amor, la confianza… son realidades que nos edifican y sostienen desde dentro, pero que no podemos exigir.

Las personas estamos en una constante búsqueda de la felicidad, de la plena satisfacción. Por ello solemos encaminar nuestra vida hacia el logro de unas metas u objetivos, con los que lleguemos, como Abraham Maslow afirmaba, a la autorrealización, la cúspide de las necesidades del hombre y por tanto a la felicidad.

Cada persona sitúa esa meta en un lugar distinto, pero para llegar a cada una de ellas hay algo en común, un camino que hemos de pasar; más largo o más corto, más fácil o más difícil depende de lo que quieras lograr y de ti mismo.

Ese camino hacia la autorrealización pasa por diversas etapas, no todas son fáciles y en las que encontraremos muchas adversidades. Pero la diferencia entre los que logran salir hacia delante y los que no, es precisamente la capacidad de superación de cada uno, y la motivación de logro que posean, es decir, el afán y las ganas de cada individuo por llegar a lograr sus objetivos y superar todas las adversidades que se le crucen en su camino. Aunque no todo el mundo tiene esta capacidad, y hay muchos que cuando se encuentran con una adversidad no saben cómo actuar, no hacen nada, dan marcha atrás y abandonan, lo que les lleva a la frustración.

Muchas veces cuando una persona se queda quieta ante los obstáculos, es porque ha tenido todo en bandeja. Pero aunque así sea no debemos echarnos atrás, y si el objetivo que nos hemos propuesto es lo que deseamos, analizar por qué nos ha ido mal en ese trayecto, y volver a empezar, aprendiendo de cada caída y cogiendo fuerza y ánimos para afrontar los siguientes obstáculos que nos encontremos,

En conclusión, para alcanzar cualquier meta, es necesario que nos dotemos de la fuerza para saber acarrear con los posibles problemas a los que nos hemos de enfrentar. Además de, como James Olds introdujo en su teoría, buscar un incentivo, que en muchos casos puede ser el pensamiento de satisfacción de cuando alcancemos la meta, para hacer nuestro duro trayecto más apacible.

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