Las armas de la persona ambiciosa son la traición y la mentira, la segunda se utiliza para justificar la primera, o para tranquilizar la conciencia, si acaso en su cerebro existe alguna neurona que responda a dilucidar entre las actuaciones humanamente correctas y las que producen náuseas y rechazo.

Lo mejor que pueden hacer los traidores es callarse, porque en su intento de justificarse mienten más que hablan.

Elogian públicamente a la persona que traicionaron, como un bote de humo, para que la opinión pública no se entere de las verdaderas razones de sus actuaciones: poder, cargo, influencias y un buen sueldo que les permita adquirir aquello que aparentemente los sitúe por encima de los demás.

En esa carrera utilizan los mecanismos de defensa más primarios, la sublimación, la negación y la justificación, llegándose a creer sus propias mentiras.

Lo triste es que utilizan y teledirigen a otros, con su victimismo, sus expectativas, su labia y su falso interés por aquel o aquella que quiere atrapar en su telaraña para alimentar un ego que no conoce límites ni de familiares ni de amigos.

Para el ambicioso todo vale y su finalidad justifica los medios, por repugnantes que resulten.

Los traidores no son ni serán nunca de fiar. Aviso a navegantes.

 

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