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A la vida y sus quehaceres podemos contemplarlos desde distintos lugares. Se puede mirar desde la ventana: desde arriba, a distancia, protegido tras el cristal y al abrigo de la calidez del propio hogar. Pero también se puede descubrir a pie de calle, desde abajo y dejando que cuanto sucede te toque, te afecte y te cuestione. Esto último es mucho más arriesgado, porque te implica y te complica la existencia.

Una opción la mía de salir de la seguridad de mi zona de confort y lanzarme a la aventura de reconocer lo que sucede en el medio de los trajines cotidianos.

Me gusta mirar a los ojos de la gente, más aún en esta época donde abunda, el egoísmo social, el consumismo frenético, la apatía general hacia el sufrimiento ajeno y tantas debilidades de nuestra sociedad. Los valores siempre serán alabados y admirados, pertenecen a la dignidad humana. En efecto parece normal que una persona como mi compañera de trabajo Ana, fisioterapeuta, sea honesta en su trabajo, que una madre como Carolina o un padre como Germán sean cariñosos con su hija, que un abogado como  Alexis disfrute de rectitud, que un médico como Yoiset tenga empatía con sus enfermos, que un campesino como Miguel tenga ilusión con sus animales y sus cultivos.

Es evidente que tenemos necesidad de hablar y comunicar, por eso me gusta hablar persona a persona, con nuestras amistades es muy fructífero el diálogo a solas, persona a persona, abriendo nuestro corazón al otro y sabiendo escucharle con empatía, la sonrisa en los ojos y en los labios. No tenemos que tener reparo en preguntar a los pobres que inundan nuestras calles sus condiciones de vida, sus grandes problemas y preocupaciones. Hay veces que no lo cuentan a nadie porque les cruzamos en nuestras calles como si fueran árboles, sin vivencias ni alma…  por desgracia, mucha falta de respeto.

No quiero dejar pasar por alto hoy que llevamos unos días en los que todos estamos pendientes de unas excavaciones, de un pozo y de un niño cuyo nombre ya se nos ha hecho muy cercano. Me imagino la situación de angustia que tiene que estar viviendo la familia, y también me alegra sentir cómo los seres humanos, capaces muchas veces de lo peor, podemos mostrar nuestra mejor versión cuando se trata de solidarizarnos y poner todos los medios en favor del débil.




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