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Sinopsis:

La vida es caprichosa e imprevisible, como para trazar las direcciones de nuestras decisiones. En un momento alcanzamos todo lo que deseamos y al otro instante, perdemos lo logrado. Eso es lo que le sucede a nuestro maestro. Un hombre que siempre consigue lo que se propone.

Hasta que como resultado, coincide con una mirada de un desconocido en un lugar que a él le da pereza acudir.

¿Esos ojos cambiarán la línea que ha trazado el maestro en su vida?

Margua

En la Calle Oportunidad, justo en la esquina, había una farmacia. Una de las más conocidas de la zona porque su boticario tenía una sonrisa fija en su rostro que dedicaba a cada persona que veía. Un hombre con una piel morena brillante, unos ojos donde podías encontrar una chispa de paz y alegría y un humor con mucho salero. A él le gustaba que le llamaran Juanga, aunque una de sus mejores amigas le llamaba: “el boticario”.

Su vida consistía en trabajar en la farmacia. Amante de la fotografía y, con mucha frecuencia, asistía a una emisora de radio donde cada día que iba llenaba la habitación con su risa. Así fue como se hizo conocer con el nombre del boticario, su amiga Asunción la locutora y presentadora de “La Otra Mañana” y “La Otra Noche” en Radio Las Palmas le designó con ese nombre porque el cariño que se tenían era palpable desde que ambos cruzaban la mirada.

Juanga, por estar dispuesto a regalar su buen humor hacía que los clientes de la farmacia le tuvieran mucho aprecio. Siempre tenían detalles con él: una caja de chocolates, notas de agradecimientos… recogía lo que él sembraba que era vida. Por supuesto, no todos sus clientes eran iguales. Uno de ellos cuando iba a la farmacia era directo, serio y reservado. A pesar de eso, Juanga seguía siendo dulce y atento, le salía ser así.

El tiempo transcurría pacifico en su vida, hasta que al llegar a su casa todo cambió. Tenía por costumbre, después de cenar, ver las noticias en la televisión para ver qué sucedía en el mundo. Cuando vio que en todos los canales estaba en pantalla el Presidente de España, Pedro Sánchez, notificando a la población que nuestro país entraba en estado de alarma debido a la pandemia del coronavirus, su piel se erizo y sus ojos se llenaron de lágrimas. La farmacia era un  lugar de necesidad para curar dolores, no era un sitio que uno frecuentara por gusto. Pero con esa noticia, todo cerrado, todos en casa… nadie sabía cómo reaccionar. Esto convertía que su farmacia fuera ahora más triste, un ambiente de dudas y miedos. Una farmacia era básica en la sociedad. 24 horas abierta para estar para los personas que tenían una emergencia. Su cabeza daba vueltas, con millones de cuestiones que no tenían una respuesta inmediata.

Al día siguiente, tuvo que ir a trabajar como normalmente hacía, pero la calle ya no estaba igual. Hasta parecía que el cielo sabía lo que ocurría, las nubes grises estaban encima de la ciudad, el sol se ocultó y las conversaciones en la calle, estaban llenas de incertidumbre, desconfianza… porque nadie entendía que estaba ocurriendo.

Juanga trataba de seguir sonriendo, ser positivo porque había medidas para evitar que nadie más saliera perjudicado, había opciones, esperanza de que al quedarnos en casa la pandemia cesaría un poco… Cuando llegó a la farmacia, pasó algo que le impresionó. Sus clientes de siempre, personas que no conocía, en una enorme cola para entrar a su farmacia. Se asustó al ver esa situación, notó miedo y desesperación por entrar cuanto antes a la farmacia y tener una mascarilla, para salir a los sitios que íbamos antes pero ahora con una mascarilla que solo dejaba ver los ojos y guantes que ocultaban anillos, tatuajes, colores…

Trató de calmar a las personas que estaban en la cola. Se colocó su mascarilla, que ya traía desde casa porque por suerte tenía un paquete y se puso los guantes que ahora serían su herramienta de trabajar para manipular y tocar todo lo que estaba a su alrededor. Los clientes ya estaban más relajados, todos pudieran llevarse lo que necesitaban  para la nueva realidad en la que estaba entrando el mundo: guantes, mascarillas quirúrgicas y gel hidroalcohólico. A cada persona que atendió, intentó dar un mensaje de paz, una pizca de esperanza y sonreír más que nunca. Porque aunque la mascarilla tapara gran parte de la cara, cuando sonreía se arrugaba la mascarilla y los ojos ahora eran la boca que no se ve pero, dos ojos que en estos momentos dicen más que mil palabras.

Las horas se convertían en días, los minutos en largos periodos de tiempo para seguir intentando responderse a sí mismo todas las preguntas que seguían presentes en su cabeza desde aquel día. La farmacia se convirtió en un lugar que frecuentar pero las conversaciones cambiaron por: ¿cuándo llegarán las mascarillas?

Ya la farmacia por más que, Juanga tratara de lucir su sonrisa de sol, la nube negra de la sociedad tapaba los rayos de esperanza. Él no se iba a dar por vencido y demostraba en cada momento lo importante que es seguir cuidándose y valorando todo lo que hay en nuestras vidas. Sus tertulias en Radio Las Palmas eran más amenas que antes. En su interior había calma para enviar mensajes de que la oscuridad no sería eterna, porque los rayos de luz son más fuertes. Asunción y Juanga, se iban convirtiendo en grandes amigos, la radio une y los momentos profesionales de cada uno, les enseñaban que su trabajo era primordial para ayudar a los demás. La radio se valoró y la labor de las farmacias también, ahora muchos puestos de trabajo que eran indiferentes para algunas personas, pasaban a ser superhéroes que combatían con el mayor enemigo que se había topado el mundo: un virus que no se ve pero está presente. Juanga continuó cada día con su rutina, dentro de lo que permitía la nueva forma de vivir. Una tarde tranquila en la farmacia sin nadie, solo sus pensamientos y él, aparece ese cliente que jamás dedicó una palabra más allá de lo que le solicitaba al boticario. Esta vez todo era distinto, ese hombre callado salió de su silencio. Juanga, asombrado, le respondió con timidez, eran años viéndolo y nunca salieron del: “hola”, “por favor”, “gracias”, “buen día”, “hasta luego”…

Resulta que ese hombre de palabra ausente, era un maestro que estaba pasando un momento de muchísimo trabajo, dado que la pandemia dio paso al trabajo telemático y, al igual que el boticario, este maestro era muy dedicado con sus alumnos. Era reconocido como un gran maestro, su experiencia, formación y vocación hablaba por si solas. No fue a la farmacia a por mascarillas, ni guantes, tampoco por gel… fue en busca de caramelos para aliviar el dolor de garganta. El maestro ahora parecía una farmacia de guardia, donde debía seguir formando a sus alumnos, atender las necesidades que existían al dar clase a través de la cámara, ayudar a los padres con esta nueva situación escolar en casa y seguir siendo un buen maestro en tiempos de confinamiento.

Juanga le recomendó los mejores caramelos para aliviar esa picazón de garganta y la conversación continúa unos minutos más. El maestro dejó de mostrarse tan serio y podía apreciarse que necesitaba desconectar, disfrutar de un momento de calma entre tanta tempestad social. Juanga fue a preguntarle su nombre, pero el maestro no quiso decirlo y dijo en voz alta: ¡Querido Juanga, qué más da mi nombre si aquí lo que importa es que yo sé el tuyo! ¡Gracias por sonreír con esos ojos tan hermosos! ¡Hasta pronto!

Juanga no lo esperaba, no lo buscaba, solo sucedió. Su mente cambió de pensamientos, ya lo que no le había encontrado respuesta, no importaba. Las palabras del maestro se repetían en bucle, recordaba cada gesto y mirada, toda la situación pasó a ser analizada.

El maestro por su parte, estuvo esa tarde, y los días siguientes, pensando en Juanga. Ese boticario que se podía comparar como cuando sale el sol para dar inicio a nuestro día. Esos rayos de luz que te dan calor al recibirlo y gusto, por la sensación que provocan. El maestro había tenido una vida muy dura desde pequeño y su prioridad era aprovechar al máximo el tiempo. Se organizaba para sacar adelante sus sueños, metas, objetivos, placeres y obligaciones. Él sabía que daba la impresión de ser serio, seco e incluso parecía frio. Lo que no se veía a primera vista, es que tras esa ropa, se hallaba una piel sensible y preocupada a quién quiere, a quién ama. El amor movía cada acción del maestro. En sus clases solía comentar que: “Cada acto que realizamos tiene una esencia que se repite siempre. Esa esencia será la que más apreciamos o valoramos en la vida. Por lo tanto, tu esencia será el motor de muchas decisiones

Esa conversación entre Juanga y el maestro, fue el inicio de un nuevo sueño. El maestro se percató de que por más que se planeara todo, la vida cambia constantemente provocando que nuestro mundo tome decisiones diferentes para aprender a vivir de otra forma. No solo eso; pudo analizar que durante todas las veces que acudía a esa farmacia, Juanga era constante y su comportamiento no cambiaba con él, aunque él no fue especialmente sociable con el boticario. El maestro quería pedirle disculpas por tantos silencios, por sonrisas no correspondidas… Una mirada de Juanga con mascarilla, fue suficiente para despertar esa parte que oculta un hombre que le apasiona amar con intensidad. Se le ocurrió regalarle su planta favorita, una orquídea. Una planta bella, que requiere dedicación y que su olor, atrapa e invita a imaginar un lugar mejor. Todo eso despertaba la planta al maestro, por eso se la regaló a Juanga personalmente, con una nota escrita por él mismo.

Juanga, al recibir el presente, quedó sin palabras ni capacidad de reaccionar, cuando él era emoción instantánea. Esa noche le tocaba ir al programa de su amiga Asunción. Le contó lo que había pasado. A ella se le ocurrió una idea loca: llamar en directo al maestro. En la tarjeta por la parte de atrás, dejó su número. Asunción pensó igual que Juanga, el Maestro Manuel esperaba una respuesta. Era una idea un poco precipitada, pero Juanga sabía cómo llevarla a cabo sin tener que llamarlo, había una opción mejor: le mando un WhatsApp donde le decía:

Esta noche escucha la emisora Radio Las Palmas (97.3FM). Hoy en el programa; “La Otra Noche” con mi gran amiga Asunción hablaremos de muchas cosas, y la mejor forma de responder a tu gran regalo debe ser diferente, así como lo eres tú. ¡Estás más que perdonado!  Y si mis ojos te encandilaron, ¡a mi tus palabras me cautivaron Maestro Manuel!

Y de la manera más inesperada e improvisada, una mirada con mascarilla rompió una línea trazada, en un tiempo complicado donde la vida humana debía estar confinada para salvarse, y así poder tener una mañana.

Este relato corto era una idea loca que surgió en una noche de radio, sonaba bien en mi mente: “El maestro y el boticario”  y decidí darle vida a esa idea. Se lo quiero dedicar a mi querida amiga Asunción, a Radio Las Palmas por tantos momentos, por darme voz para llevar a cabo mi forma de ver la vida y luchar por ella, a todos sus colaboradores en especial a los protagonistas de esta historia… el maestro y el boticario. Por último a todos los oyentes que siguen día a día una emisora que nos conecta y desconecta, que nos acompaña… porque, amigos y amigas, la radio une.

Margua

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