El reloj del fin de 2015

Cuando yo era chiquillo e impertinente -lo último persiste en mi carácter- quedaban todavía en la Villa Mariana muchos ancianos que recordaban aún que, para quebrar las aguas hacia el Barranco de Lezcano (las diurnas eran de uso vecinal, las nocturnas de la Heredad de Tenoya) y ante la carencia de reloj, aquellos abuelos nuestros tomaban la decisión cuando «el ojo no distinguía un hilo blanco de un hilo negro» o «no se podía ver el vello del brazo». No había por entonces tantos remilgos en reconocer que muchos de nuestros usos y costumbres las habíamos heredado de nuestros otros abuelos -islámicos ellos-, que se valían de tales para marcar la licencia en las abstinencias del Ramadán.

La iglesia de Teror -importante y destacada- no tenía reloj. Sí lo habían tenido las construcciones anteriores a la actual, tanto exterior como para uso de la intendencia clerical. Don Juan González Falcón lo trajo en 1686 para la sacristía de la segunda iglesia, en permuta de una campana para la ermita que construía en el pago de San Isidro; y lo «aderezó», según los viejos papeles, un organista -que todo era cuestión de saber de cuerdas-: «…y se trajo a este lugar el 23 de noviembre de este presente año de ochenta y seis aderezado y refinado por el capitán don Fernando Guadarteme y Quintana, organista de la Santa Iglesia Catedral…»

Para la plaza, según hace constar el investigador don Gustavo Alexis Trujillo, el cronista Isidoro Romero y Ceballos en descripción de 1774, destaca del templo terorense la «gran torre con su reloj». Fiémonos de Romero, que suele ser de verbo riguroso.

Pero en el XIX ya no había mecanismo notorio a las gentes -a excepción del sol, que más público no lo hay- para conocer las correrías del tiempo. Y en esto llegó Codina. El gerundense don Buenaventura Codina y Augerolas fue obispo de Canarias de 1847 a 1857, y según misiva que custodia el archivo del Ayuntamiento de Gáldar, afirma en 1853 que «…yo hice fabricar en Valencia uno para Teror de cuartos de horas y no costó allí más que cuatro mil reales…»

La cosa no fue exactamente así; que en esto nuestro obispo, pretendiente a beatificación y figura destacadísima del clero canario por su actuación durante la epidemia de cólera que arrasó las tierras grancanarias en 1851, contó con ayuda. Y aunque desde 1850 instaba al ayuntamiento terorense a «poner un relox con su correspondiente campana en la yglecia de esta parroquia», el tema se retrasó hasta 1853, necesitó de suscripciones populares y la construcción de la espadaña que engalana en la actualidad el centro de la fachada basilical terorense.

Mucha historia, muchas historias, guarda el viejo reloj que dará las nuevas horas de inicio del 2016… casi, casi,… urbi et orbi…Una de ellas, anecdótica, poco conocida y un tanto macabra, fue la ocurrida el domingo 26 de marzo de 1939. Al terminar de comer y tras fumar un cigarrillo con un pariente, Vicente Ortega Herrera, de 22 años de edad, hijo del director de la Banda de Música de la Villa don Cándido Ortega, pidió a éste la llave de la Torre Amarilla para revisar el reloj, ya que Candidito -carpintero- estaba encargado de esos menesteres y su hijo lo ayudaba. Al llegar junto al reloj, se subió a la cornisa y se lanzó al pavimento de la Plaza del Pino desde los aproximadamente 22 metros de altura de la fachada. Fallecería de camino a Las Palmas y su padre, el genial Candidito, devolvió llave y encargo para no subir nunca más los escalones que su hijo eligiera para acabar con su vida.

En visita realizada al municipio el 1989 -puedo dar fe directa… yo era concejal- don Lorenzo Olarte Cullen, presidente del Gobierno de Canarias, se comprometió a poner fin a la desastrosa situación del reloj terorense, que era por entonces más carraca que mecanismo preciso; perdiéndose en aquella restauración su esfera original (custodiada en dependencia municipal) y parte de sus piezas interiores, que fueron sustituídas por otras -peores que las primeras al saber de los que saben- y por una nueva esfera transparente, que sigue manteniendo la numeración romana de la anterior, donde las cuatro -de la bella tarde o la oscura madrugada- aparecen con un IIII y no con el IV preceptivo. Ello se debe, según la hipótesis más aceptada, extendida y rigurosa -la del Instituto Horológico Británico- a un origen en motivos estéticos. Los cuatro caracteres IIII crean una simetría visual con su opuesto en la esfera VIII, también de cuatro dígitos, que el IV no consigue. Aunque, repito, hay muchas otras que generan enfrentamientos de esos de los «hablar, hablar y nada solucionar».

Creo que el reloj -más con la importancia añadida del evento que cerrará este año y lo tendrá como protagonista- debería restaurarse ya de verdad. Las efemérides del próximo año lo merecen; los terorenses, más. El vecindario lo mira -más con burla que con interés- porque afirman que hay que respetarlo porque, aunque está viejo y achacoso, «al menos da la hora exacta dos veces al día, cuando se para o se estropea».

Don Ramiro Merino, profesor de Ingeniería de Sistemas y Automática hizo que el reloj, que presidió la ciudad de Valencia durante casi un siglo desde la torre en el edificio de la Facultad de Derecho, volviera a func
ionar -al igual que el de la Catedral de Valladolid- gracias a «unos sistemas adicionales que, sin tocar la máquina, solamente mediante interacción óptica y magnética, van a permitir su gestión y sincronizar la batida de su péndulo de manera que alcance la misma precisión de las señales GPS, lo que permitiría que la variación de un reloj de esta clase, transcurridos mil años, fuera inferior al segundo».

Si de Valencia nos llegó el reloj, de allí nos llegue la solución a sus achaques y salga del 2016 renovado y merecedor de buen funcionar, por dar con su imagen y sonería, difusión y lustre a la Mariana Villa de Teror.

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