Cuando somos niños estamos llenos de un espíritu intenso compuesto por energía, curiosidad, alegría, ilusión, aventura, bondad, inocencia y pasión.

Esos niños no temen a nada porque solo piensan en el ahora, en lo que les apetece hacer en ese instante. Complicarse no va con ellos, se dejan llevar para cada acción que realizan dando lo mejor de si, participando sin frenarse por nada ni nadie.

Esos niños- parece a simple vista que no arriesgan porque solo usan lo que hay en su entorno y en su imaginación  pero si lo ves detenidamente es mucho más profundo. A cada rato expresan lo que sienten, piensan y hacen, sin miedo de lo que los demás puedan pensar. Manifiestan cada emoción y sentimiento de su corazón con la inocencia de sentir al máximo sin temor a ser dañados.

Seguramente alguna vez experimentaran el miedo a algo pero al ser tan aventureros tienen miles de estrategias para superarlo y llegar a lo que quieren hacer a pesar de su miedo. Se enfrentan a él, de la manera más eficaz, dejándose llevar y junto con su imaginación ese temor se puede eliminar sólo con un toque de valentía a no rendirse y ver que sucede.

Esos niños que llenan una sala con sus sonrisas como un concierto con notas de felicidad antes éramos nosotros. Jugábamos a ser grandes en un mundo de pequeños, en donde todo estaba al alcance de nosotros. Lo imposible no estaba en nuestro día a día, pero esos niños crecen y acaban siendo adultos envueltos de responsabilidades, miedos, falta de tiempo y lo más grave olvidando a esos niños que un día fueron.

No con esto quiero decir que ser adulto sea negativo porque cada etapa tiene su propia belleza que hace que sea especial. De cada una de las etapas de la vida por la que pasamos se aprende y nos enseña que cada día podemos ser mejor.

Pero todos deberíamos rescatar a ese niño o niña que fuimos y quedarnos con lo mejor que teníamos, esa  capacidad de vivir intensamente cada rato siendo alegres, poco temerosos y sobre todo cargados de una gran dosis de aventura porque así podemos enfrentarnos a todo con nuestro mayor poder que son nuestras emociones más puras.

Esos niños y niñas éramos nosotros y siempre lo seremos,

esos niños y niñas siempre estarán dentro de nosotros,

esos niños y niñas estarán dispuestos a sentir sin parar,

esos niños y niñas solo crecieron y convirtieron su juego de ser mayores en realidad,

esos niños y niñas nunca dejaron de soñar, solo que al crecer los sueños cambian pero jamás dejáremos de soñar.

Patricia Pérez Rivero.

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