Por la mañana, como se sigue haciendo en la actualidad, la población se concentraba en la Plaza de San Roque y en el interior del santuario del compatrono local para la bendición de los ramos, acto que precede a la primera de las procesiones, la de la entrada a Jerusalén (conocida popularmente como La Burrita).

Su representación es algo relativamente reciente en las Islas; prueba de ello es que no consta que a Luján Pérez o a cualquier otro artista coetáneo se le encargará una imagen de esa iconografía. La imagen presente está en Guía desde la década de 1940. Es obra de serie, pues fue encargada a unos talleres catalanes y, salidas del mismo molde, existe sólo en Gran Canaria al menos una decena de ellas similares, en las que solamente cambia la policromía.

Tras la llegada de la procesión al templo parroquial y después de los cultos litúrgicos propios del día, en privado se retiraba la imagen del trono y éste, conservando los ramos de acebuche que lo decoraban, se preparaba para los actos que tendrían lugar para la tarde/noche.

Los cultos vespertinos estaban presididos por el Cristo de la Oración en el Huerto, de Luján, al que se le sumaba el único ángel desmontable, de la talla de La Virgen de Las Mercedes. Este ángel no es otro que el que sostiene el atributo de dicha advocación mariana: los grilletes; para la ocasión, se le cambiaban éstos, por el cáliz que, metafóricamente, hace alusión a los sufrimientos de La Pasión. Al formarse la escena, el grupo estaría formado por dos figuras del mismo imaginero.

Con respecto a la escultura del Cristo del Huerto, se sabe que Luján talló otras dos, una para Las Palmas de G.C. y otra para La Laguna, en Tenerife, ambas para sendos conventos de la orden de San Francisco.

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Es curioso como llegó esta escultura a Guía. Al parecer, la parroquia contaba en tiempos de Luján con otra imagen de igual iconografía, pero como ésta se encontraba en mal estado de conservación, sus celadores le pidieron al imaginero que la retocara, ya que faltaba poco para la Semana Santa. No obstante, la reacción de Luján fue muy distinta a la esperada: de un hachazo la terminó de romper y, tras el lógico enojo de quienes presenciaron el acto, los tranquilizó diciéndoles que tendrían otra imagen en los días indicados, hecho que cumplió. El resultado es una talla arrodillada llena del dramatismo que la escena requiere, en la que Jesús muestra su angustia y soledad en el momento en que espera a sus capturadores, y ello se nota en la fuerte expresividad que tienen su rostro y sus manos.

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