En esta sociedad mercantilista, donde el poder y el dinero marcan el rumbo de muchos, resulta extraño aquel o aquella persona que se niega a poner precio a su dignidad.

Sin embargo, hay quienes se venden por necesidad y quienes se venden por ambición. Esta venta no conoce de clases sociales, ni de niveles de formación, como cabría esperar, dependerá de la ambición de cada uno.

Por dinero y por poder se han vendido, y se venden, personajes de la más variopinta realidad social: empresarios, trabajadores, políticos, actores, periodistas, jueces, amigos, familiares…

El precio depende del grado de ética y de la moral de cada uno, estará en función su escala de valores.

La duración de la transacción dependerá de su prórroga en el tiempo, pues están los que se venden y están los que se alquilan.

Tener carácter, defender unos valores o ideales, mostrar convicciones claras y fuertes en los principios básicos, como son la verdad, la lealtad, el respeto, la justicia, la honestidad…, para muchos se han convertido en síntoma de intolerancia y cerrazón, quizá porque no quieren admitir que hay valores que no están en el mercado.

Otros miramos con estupor determinadas concesiones, a sabiendas que son producto de intereses personales.

No se puede ceder para obtener resultados que van en contra de nuestros valores, de nuestras convicciones y de nuestros principios, cuando nos vendemos nos convertimos en mercancía, en un objeto.

Sin embargo, las cosas realmente importantes nunca tendrán un precio.

El conocimiento de uno mismo es el primer paso de la honestidad personal, en ese conocimiento encontraremos si nuestra dignidad tiene un precio.

 

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