14.1 C
Guia
lunes, diciembre 9, 2019

Los Finados: Tradicciones y Usanzas de la celebración del día de difuntos

lunes, diciembre 9, 2019

“Noviembre, mes que entra con Todos los Santos, media con San Eugenio y sale con San Andrés”, aunque como con San Andrés, toda mosca muerta es…pues algo bueno nos trae, que nos espanta con los primeros fríos otoñales la pesadez de las moscas que nos llegan al soco de los calores: Aforismos aparte, noviembre es en lo festivo -si podemos llamarlo así- un mes muy definido por una serie de celebraciones que, aunque con raíces comunes, presentan en la actualidad una evidente dualidad que sin llegar a enfrentarse, sí expresan dos formas diferentes de entender la misma idea.

Por un lado, la tradición sajona lo consideraba el mes de los vientos debido a que éstos, provenientes del noroeste, caían con fuerza sobre las tierras del norte y significaban el comienzo del nuevo año, en la oscuridad del periodo otoñal e invernal. De ese momento proceden los orígenes de la celebración pagana, que se remontan al siglo VI siglo antes de Cristo, cuando los celtas, justamente por estas fechas celebraban el Samain, momento en el que se producía el cambio de año y los pájaros migraban hacia climas más suaves. Creían asimismo que esa primera noche las sombras de los difuntos llamaban a las puertas y para festejar su venida encendían hogueras y preparaban gran cantidad de comida.

Conscientes de esta común herencia de la que pueden enorgullecerse tantos pueblos del mundo; el bellísimo municipio de Cedeira, situado en las Rías Altas coruñesas, ha solicitado a través de su “Asociación de Amigos de Samain” un respeto a esta tradición en su sentido más estricto, por lo que ha propuesto que la “Noche de Finados” se vistan de fantasmas blancos…”pantasmas brancas (as avisións) ou coa cara ciscada simulando ser unha ánima do outro mundo”….. Los espíritus que visitan la tierra esa noche, ni más ni menos.

Esta celebración, con orígenes y raíces idénticas ha derivado en otras zonas del mundo en el consabido Halloween (relacionada con la vigilia vespertina del día anterior a la fiesta de Todos los Santos que dentro de la cultura de habla inglesa, se denominaba «All Hallow’s Eve», vigilia de Todos los Santos, término que con el tiempo derivó en el término anterior), trayendo consigo esta leyenda anglo sajona, una ocasión propicia para poder vislumbrar en esa noche de fe, tradición, locura, magia, terror y una profunda manifestación de cultura y aculturación, a brujas, fantasmas y toda suerte de extrañas criaturas extrañas que van desde lo grotesco a lo esotérico. Actualmente, los niños y adolescentes se han hecho dueños esa noche de las calles que recorren disfrazados y yendo de casa en casa gritando el consabido «Trick-or-treat», expresión también de origen céltico y que merece capítulo específico; un claro indicativo -dicho sea también- que al que no les surta de golosinas puede salir malparado con alguna gamberrada, costumbre que ha tenido en las películas y toda la industria surgida en torno a esta fiesta los últimos años un amplio muestrario de donde tomar ejemplos.

El equivalente en la celebración católico-romana hunde también sus raíces en las mismas tradiciones pero, por razones obvias, ha tenido un discurrir diferente. Detrás de ambas se deja traslucir un arcano miedo a la muerte,14885929 1206562782734579 1771818744 n mezclado con superstición, magia y esoterismo. La certeza histórica nos asegura que el emperador bizantino Focas hizo donación del célebre Panteón de Agripa, dedicado a todos los dioses (una especie de iglesia ecuménica de la época) al papa Bonifacio IV en el año 608, que lo transformó en iglesia cristiana bajo la advocación de “Santa María de los Mártires”. Veintiocho carretas de huesos sagrados de mártires de inicios de la era cristiana fueron sacadas de las catacumbas y colocadas en un recipiente de pórfido bajo su altar mayor. La fiesta comenzó desde entonces a celebrar el 13 de mayo; el Papa Gregorio III en el 741 cambió la fecha al 1 de noviembre y en el 840, Gregorio IV la elevó a Fiesta Universal. Para completar la tradición tal como nos ha llegado, el año 998 San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, en Francia, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta en recuerdo de las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que se denominó de los Fieles Difuntos. A partir del Concilio de Trento, y como los protestantes negaban la existencia de esa especie de sala de espera que es el Purgatorio, esta fiesta se afianzó aún más y los templos católicos se llenaron de cuadros de ánimas que dejaban bien claro lo que podían estar pasando nuestros fallecidos parientes disolutos, y lo fácil que resultaba para nosotros salvarles de la cremación eterna. Y los Ranchos de Ánimas comenzaron sus salmodias por los campos y ciudades cristianas, rezando, pidiendo y cantando por ellas. O simplemente, en los hogares con las lamparillas o mariposas; aquellos trocitos de corcho circulares en los que se habían colocado pequeños pabilos, y flotando sobre aceite y agua ardían en recuerdo de nuestras ánimas añoradas.

A la par esta celebración tenía un íntimo y familiar componente de divertimento. En las casas se hablaba de toda la parentela (de los vivos y de los que habían pasado a la otra vida) y se comía -cada uno según sus haberes y poderes- con dulcería específica de la fecha y que aún perduran en nuestra cultura culinaria, como los buñuelos de viento o los huesos de santo -en recuerdo de las carretas de las catacumbas-. Estas celebraciones, sobre todo la segunda, están rodeadas por ello de serie de rituales y ceremonias que se repiten cada año y que se encuentran cargadas de una gran solemnidad y emotividad. Los feligreses acuden en masa a los cementerios para recordar a los parientes fallecidos, limpiar sus tumbas y depositar en ellas ofrendas florales y, todo hay que decirlo, darle por los besos a las vecinas que pregonaban suciedad de lápidas o mustios ramos. Muchas veces me preguntaba de niño (¡que preguntón he sido siempre!) si todos afirmaban que los muertos pasaban “a mejor vida” a qué venía todo aquel torrente de preocupaciones. Todavía sigo preguntándomelo. Domingo J. Navarro, en sus “Memorias” de fines del XIX, nos dice que por estos días en nuestra tierra “…se reunían las familias a jugar a la perinola, comiendo castañas y dulces, que saboreaban con buenas copas de vino rancio y con licores, en festiva francachela, cuentecillos chistosos y alegres bromas». Época asimismo de las salidas de los Ranchos de Ánimas a recorrer los campos rogando por las almas de los muertos, y los jóvenes salían, tal como nos informa José Miguel Alzola, a «pedir por los finados», re
cibiendo por ello nueces, castañas, almendras, huevos (para los moles) y dinero( para las misas), sin que exista documentación fiable y rigurosa que todo fuese a parar donde debía… La mezcla, remezcla y gazpacho de culturas y tradiciones que la globalización galopante ha traído consigo está haciendo que año tras año se vean más calabazas y menos castañas, más brujas en las calles y menos conversaciones en las familias, más vampiritos y menos rancheros. En esto, como en todo, el equilibrio es la solución. No soy nada purista; para mantenerse, el árbol de la cultura debe tener las raíces bien profundas y alimentadas de aquello que desde lo recóndito inició nuestro andar como comunidad social, Pero, a la vez, las ramas más altas y tiernas deben ser jóvenes y asomarse, por encima del árbol, a la luz y al aire nuevo que les da vida. Por ello consiento y apruebo taifas y bailes asociados a estas fiestas que, por su marcadísimo carácter religioso, íntimo y familiar, no los vieron nunca hasta hace pocos años.

Y está bien que ello suceda. Los Finados se están revitalizando con unas apariencias y características diferentes, porque diferente es la sociedad que los celebra. Ramas nuevas junto a raíces siempre presentes y recordadas que a fin de cuentas son las que dan vida.

Y a celebrar eso, la vida, por paradójico que parezca en el Día de los Difuntos, ya que ése es el objetivo final de todas las fiestas. Y una buena forma de comprobarlo es una tostada regada con licor al amor de la buena conversada y los sones de la tierra. Que si la barriga aguanta unos bailes más unas raciones de castañas con anís la noche del 31 de octubre, acostándose sin hacer casi la digestión y pudiendo levantarse a la mañana siguiente, ese es el mejor indicativo de que estás vivo.

José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror


Dejar respuesta

Entre su comentario
Entre su nombre

 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.