“Y en día Viernes, seis de Octubre de 1595, al amaneser, parecieron sobre el Puerto de Las Isletas, treinta y ocho navíos, que después se supo ser Ingleses, salidos de Plimmautl, sus Capitanes Generales Francisco Draque y Juan Haquines, con quatro mill hombres de mar y guerra, siete naos de la Reyna y las demás de mercaderes, con otros dos Generales de tierra, que eran Nicolás Cliforb y Tomás Basquifeld. Los que imbiaron una lancha al Puerto con sólo ocho soldados, a reconocerle…”

Así lo hicieron los milicianos de nuestra tierra. Su patria era la Gran Canaria que les había acogido no hacía un siglo; su honra, la de buena gente de campo y mar, que lo eran y mucho; y su fe, el sustento ideológico que los mantenía fuertes frente a las constantes andanadas de los intentos de invasión.

La gesta de las Milicias Canarias en esta escaramuza de los ingleses en la isla fue la que unos años después a orden del capitán Jerónimo de Valderrama y Tovar iniciara en Gran Canaria la celebración de La Naval en rememoranza y eterna memoria de Lepanto y adaptada al país con esta victoria concreta sobre el corsario Drake; y que viene a colación de algo que llevo años reclamando: un lugar de homenaje, reconocimiento y conocimiento de los milicianos isleños con todas sus heroicidades, más valiosas aun considerando su carácter no militar y para las que debían prepararse entre el sembradío del trigo y la majada de los rebaños.

El 6 de octubre de 1595 una escuadra inglesa con 27 barcos y tres mil hombres, atacó Las Palmas de Gran Canaria. Venían bajo el mando de Francis Drake -Sir por decisión de la reina Isabel I de Inglaterra, que premió así sus servicios- un bravucón corsario, esclavista y peleón contra España.

Desde una década antes, andábamos en guerra contra los súbditos de la reina célibe por su política pirática contra los barcos españoles y el apoyo que prestaba a los Países Bajos, entonces también en guerra con España. Pero aquel día Drake cogió el portante derrotado por los grancanarios.

Narrado por Lope de Vega en la Dragontea; aquí, nuestro insigne Bartolomé Cairasco, lo contó, glosó, y dejó constancia en su “Templo Militante”:

“De las cavernas y cumbres, bajaron como alemanes, mil Doramas y Adargomas, Maninidras, Bentagüaires..por llegar a la marina a morir como Roldanes,”

Muchos autores sitúan en este hecho histórico el inicio de la celebración de “La Naval” y de la importancia que tuvo nuestro Castillo de La Luz, de piedra y sal, de charca y brisa marina, con muros de sangre y fuego defendiendo nuestra isla.

Sebastián Jiménez Sánchez afirmaba en 1955 asimismo, la relación de Nuestra Señora del Rosario con esta fiesta, detalle fortalecido por el deseo de magnificar la victoria en la batalla de Lepanto con celebraciones a lo largo de toda la geografía del Imperio Español; así como la relación de la celebración posterior emanada de este hecho con la Cofradía y Hermandad del Santísimo Rosario del Convento dominicano de San Pedro Mártir, que como ejemplo de ello dejó constancia en acuerdo de septiembre de 1861, y que se custodia en el Archivo de la Parroquia de Santo Domingo, de los actos a celebrar el primer domingo de octubre y en su octava que nombraban en el documento como “La Naval”

La desamortización pasó fiesta y responsabilidad desde los frailes dominicos a los Alcaides y Castellanos del Castillo de La Luz o Principal de Las Isletas. La donación hecha en 1694 por un devoto Capitán, que regala a la Virgen del Rosario del Convento un trono con la expresa condición de que sólo se utilizara para la procesión de La Naval es una prueba del paso de manos frailescas a militares.

Este tipo de celebración se hizo por ello hecho extendido en tierras costeras de toda España y en Canarias en concreto, en lugares como Barlovento o Santa Cruz de La Palma, y que en nuestra isla se fue transformando en las Fiestas Tradicionales que todos los años colman la capital en honores a Nuestra Señora de La Luz, el Castillo de su mismo nombre, los milicianos y “La Naval”.

Precisamente sería Gabriel Duque Acosta en su Pregón de la Bajada del año 1970 en Santa Cruz de La Palma quien definiría esta peculiar forma de permanencia en el tiempo de esta manera tan poética: “Los viejos cañones que protegieron a la Villa del ataque corsario saludarán el nombre de María; la pólvora, en otros tiempos hostil, se derramará en nubes de incienso para servirle de aureola. El barco de piedra: exvoto monumental a un pasado marinero que nos honra enfilará su proa, guiado por el astrolabio del amor, hacia los mismos horizontes de la fe…”

Esta relación del acto bélico con la defensa del honor y, sobre todo, del catolicismo, ha sido uno de los principales motivos de esa pervivencia.

El traslado de esta festividad marinera, costera y hasta militar durante algún tiempo, a otros pueblos del interior de Gran Canaria como San Lorenzo, Santa Brígida, Teror, se debe a la aparición en Teror a mediados del siglo XIX de una familia, que al día de hoy y lo mantengo y defiendo constantemente, es patrimonio intangible y valioso de la Villa Mariana.

Todo comenzó con Gabriel Dávila Trujillo, primer fueguista destacado en la isla de la Gran Canaria que nació en La Aldea el 3 de noviembre de 1814 -con raíces maternas en la isla majorera-. Trasladado por matrimonio a Gáldar, comienza allí sus actividades en la pirotecnia que transmite a los hijos tenidos con su primera mujer, María Dolores de Quesada.

Uno de ellos, Francisco Dávila Quesada, fue bisabuelo de Juan Ramón Martel fundador, en 1982, de la empresa de Pirotécnia “San Miguel” de Valsequillo. Por razones que no vienen al caso, unido aún a su primera mujer cogió camino hacia Arucas, donde también dejó raíces de fueguistas y terminó por recalar en Guanchía de Teror el año de 1850; donde se unió (en espera de mejores tiempos) con la terorense Brígida Morales, con la que -tras el fallecimiento de la galdense- pudo unirse en casto y legítimo matrimonio.

Con Brígida tuvo varias hembras y un sólo hijo varón, Juan Dávila Morales, que es raíz y fuente de todos los que hoy practican este noble y peculiar arte de la pirotecnia: sus hijos Clemente, Pedro, Francisco, Gabriel, Juan, Laureano, llenaron de Dávilas y voladores toda la isla.

Y fue ahí donde está la raíz de la celebración del “Barco y el Castillo” de Teror, en los Dávilas que sobre la década de 1930, los trajeron desde la Fiesta de La Naval del Puerto donde ellos lo celebraban y preparaban desde el último tercio del siglo XIX a la fiesta terorense y primaveral de San José y La Santa Cruz que aunque programada por los carpinteros de Teror presentaban una peculiar y activa participación de la familia Dávila.

Por ello, con los años y el progresivo abandono del gremio carpinteril ha quedado hoy, con toda justicia y mérito en manos de los fueguistas de la Villa, verdadero lujo, patrimonio y tradición de todos los terorenses.

Ya en 1918, Francisco González Díaz escribía de ellos:

“En Guanchía se prepara y carga la pólvora que arde en las fiestas de Gran Canaria, de Guanchía salen sorprendentes monumentos pirotécnicos; en Guanchía están los brujos de la magia flamínea y sonora que encanta las vísperas patronales de nuestras aldeas”

Los Dávilas quedaron. Sir Francis Drake que arda en el olvido.

En homenaje a ellos, a la fiesta capitalina de La Naval y a la Villa de Teror se inicie este romance con el que se le rinde cumplida honra.

 

Romance de La Nao, La Luz y El Castillo

“Principiando el mes de octubre

Del año noventa y cinco

Los cañones y campanas

Al tañer dieron aviso.

¡Que la mar ya no era mar!

¡Que era un bosque de navíos!

Que más que de galeones

Pareciera erial de pinos.

“Templanza tengan, señores,

Que el vagar es desatino

Que al igual que aquí han llegado

Retornan mismo camino”

La voz que pide templanza

En clamor no encuentra oído

Y la nueva en Gran Canaria

Sube barrancos y riscos”

 

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