Tengo miedo de que despierte. Acaba de moverse en la cama, he escuchado el ruido del somier y mi piel se eriza, se me encoge el estómago y tiemblo.

Tengo miedo, sí, tanto miedo que ya me he acostumbrado a él, a estar atenta, siempre con los ojos abiertos y la mirada tan triste que noto lástima en las personas que se cruzan conmigo por la calle.

Tengo miedo, mucho, tanto que ya no tengo ganas de sonreír. Una vez me abofeteó porque iba feliz por la calle y un hombre echó un piropo, él desde la ventana a saber qué vio o pensó. Me acusó de estar coqueteando y mientras me pegaba dos cachetadas me decía: Te voy a quitar las ganas.

Tengo miedo, un miedo gris y frío, que me cala hasta los huesos. Sí, esos huesos que aún me duelen tras la caída por las escaleras el día en que le dije que quería ir a ver a mis padres, que viven en otra provincia. Se reía de mí, me gritaba que ni mis propios padres deseaban verme.

Tengo miedo, un miedo que me engoma y me deja, aterida, en una esquina del sofá, mientras finjo que me interesa lo que ponen en la tele, pero sólo miro, observo, y mientras tiemblo como un flan que se sabe camino al sumidero.

Ese miedo es todo mío, lo he ido construyendo día a día. Anudaba, como si fuesen hebras, cada insulto y desprecio, cada grito y desaire, cada golpe, arañazo o golpe que luego debía disimular.

Tengo todo ese miedo enterrado en el alma junto a un RIP, impregnando el corazón como alquitrán varado en una playa, como ese trozo de pan que te atraganta y te impide respirar.

Tengo miedo, miedo como capitán de mi vida fijando su rombo, miedo como estrella titilante en mi cielo, miedo como coraza ante este presente incierto, miedo como escudo ante el próximo ataque, miedo como arma arrojadiza jugando a sentirme segura.

Tengo miedo, a lo lejos se escuchan los prioritarios acercándose.

Miedo, mientras tocan fuertemente a la puerta y no puedo moverme.

Miedo. Tanto miedo que perdí la mirada por no tropezar con su odio impreso en la pupila.

Tiran la puerta y mi miedo corre escaleras abajo…

  • Sí, fui yo quien les llamé. Ahora duerme en la alcoba, si llegan a tardar un poco más en vez de al hospital le llevan al cementerio. Tenía tanto miedo a morir que la sola idea de volver a sentir sus manos apretando mi cuello me ha dado valor para decidir que yo merecía vivir, y él tal vez no. Le puse somnífero en la cena, tanto que dejé que la suerte decidiera si se quedaba a este lado del infierno o se iba directo al fuego eterno. Ha tenido suerte, aún respira de este lado. Y mientras, yo, sigo temblando.

© Irene Bulio – seudónimo

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