Miguel Hernández Gilabert, conocido popularmente por «Miguel Hernández»

Miguel Hernández Gilabert, conocido popularmente por «Miguel Hernández» es un poeta y dramaturgo español nacido en Orihuela el 30 de octubre de 1910 y fallecido en Alicante el 28 de marzo de 1942. Pronto se cumplen 75 años de su fallecimiento, por lo que el La Comisión de Cultura del Congreso ha aprobado, por unanimidad, la propuesta de declarar 2017 «Año Miguel Hernández».

Nació en el seno de una familia humilde, por lo que tuvo que abandonar muy joven la escuela para ponerse a trabajar como pastor de cabras; aún así desarrolla su capacidad para la poesía gracias a ser un  gran lector de la poesía clásica  (como San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine y Virgilio y los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, oficiaron como sus principales maestros.) y comenzar a escribir sus primeros poemas desde los 15 años de edad, mientras cuidaba el ganado. Formó parte de la tertulia literaria en Orihuela, donde conoce a Ramón Sijé y establece con él una gran amistad.

A partir de 1930 comienza a publicar sus poesías en revistas como El Pueblo de Orihuela o El Día de Alicante

El 25 de marzo de 1931, con tan solo 20 años, obtuvo el primer y único premio literario de su vida concedido por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano con un poema de 138 versos llamado Canto a Valencia. Posteriormente viaja a Madrid para colaborar en distintas publicaciones, estableciendo relación con los poetas de la época. Además de trabajar como redactor en el diccionario taurino de Cossio, colabora en importantes revistas poéticas españolas.

Durante la Guerra Civil española tomó parte muy activa en la misma, logrando escapar brevemente a Orihuela el 9 de marzo de 1937  para casarse con Josefina Manresa, con la que tiene dos hijos, el primero en diciembre de 1937, Manuel Ramón, que murió a los pocos meses y a quien dedicó el poema Hijo de la luz y de la sombra y otros recogidos en el Cancionero y romancero de ausencias, y en enero de 1939 nació su segundo hijo, Manuel Miguel, a quien dedicó las famosas Nanas de la cebolla. Al terminar la Guerra intenta salir del país, pero es detenido en la frontera portuguesa. Fue condenado a la pena de muerte, pero se le conmuta por la de treinta años de prisión, que no llega a cumplir por su muerte en 1942 debido a la tuberculosis en la prisión de Alicante.

Entre sus obras más importantes cabe destacar:

Perito en lunas, 1933

El Rayo que no cesa, 1936

El labrador de más aire, 1937

Quién te ha visto y quién te ve, 1933

El viento del pueblo, 1936

Mientras Miguel Hernández está preso recibe una carta de su mujer que le dice que  muchos días no hay para comer más que cebollas, y a su hijo, amamantado con “sangre de cebolla”, le escribe unas “nanas”. En septiembre de 1939,  en una carta, dice a su esposa: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche.” Éstas son las célebres “nanas”:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

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