Mito y Género por Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes

Comencemos por las mujeres en tanto son los sujetos protagonistas que me llevan de nuevo a volver a escribir y reflexionar.

Hasta la aparición de la Ilustración el hecho de que la diferencia femenino-masculino, más allá de las intenciones de complementariedad y de vinculación complementaria biológica con la que se requiere exponer la relación entre los sexos, no ha tenido, prácticamente, pensamiento racional. Aún hoy en nuestros días sigue presente  el mito de la complementariedad, el mito de la media naranja.

La historia demuestra que lo femenino tiene que ver con el error y lo masculino con la verdad, aparece claramente expresado en muchísimos mitos fundantes de nuestra cultura, el mito de de Adán y Eva, por ejemplo donde quien comete el error es Eva y no Adán. El mito de Pandora…. Es decir, que la idea de la mujer como error presente en el mito, lo está también en la cultura porque entre el mito y la cultura existe una relación en la que el primero actúa como ficción orientativa de la segunda.

Ha habido muchos conflictos, siempre en la historia hay conflictos. Alto!., aquí hay que pensar las cosas. La irrupción histórica de la dictadura de Franco, la patria y potestad de la mujer no se da hasta finales de los años setenta. No existía la patria potestad para las mujeres y sólo la tenían los varones; de la misma forma que hasta 1974 las mujeres en España no podían abrir una cuenta corriente o tener una cartilla de ahorros sin que mediara un varón que las avalara, fuese el padre, el marido, o el hermano.

Mujeres que en la época de la dictadura estaban inmersas en una idea y modelo de familia opresiva y reducida a su condición de responsable del suministro a los demás, de refugio, amor y cuidados.

El sistema de género, perfectamente encajado en la ideología de la dictadura, en convivencia con lo más rancio y fundamentalista de la iglesia católica, hacía responsables a las mujeres del bienestar y hasta de la felicidad de todos los miembros de su familia, descansando todos los valores femeninos en una ética en la que el amor debería ser el centro de interés de las mujeres. Casarse, tener hijos y abandonarlo todo para atenderlos y cuidarlos hasta la muerte constituía el eje esencial que otorgaba identidad y sentido a su vida, considerándose un fracaso en toda regla no alcanzar el matrimonio (las solteronas) o no llegar a ser madres. Toda esta ética de los cuidados venía adornada con una retórica laudatoria sobre un papel en el que la reina del hogar, fiel, sumisa y llena de encanto, obraba el milagro de conseguir confort, armonía, belleza en la casa y, sobre todo, el bienestar de todos los convivientes mediante una donación amorosa de sí misma que había de ser completa sin fisuras. Teniendo en cuenta que a esta función de amor y cuidados se le concedía un carácter esencialista, sólo realizándola a la perfección la mujer podía lograr también su cumplimiento y felicidad propios que no eran otros que ver satisfechos a todos los miembros del conjunto familiar.

Con la muerte de Franco, la extensión de las ideas que preconizaban la liberación de la mujer, el abandono de su confinamiento en el mundo de lo privado, la busqueda de su propio camino de realización y bienestar, la separación entre sexualidad y maternidad y el paulatino uso libre de contraceptivos, pusieron en marcha lo que es el cambio sociológico más importante de este siglo.

Merece la pena recordar unas fehas, teniendo en cuenta que durante la dictadura la mujer casada debía, por mandato legal, obediencia al marido. El franquismo amplió levemente la capacidad de obrar de las mujeres casadas, en la propia norma (Ley de 4 de julio de 1970) se introducen contenidos como los del siguiente tenor: “Se contempla, por tanto, la posición peculiar de la mujer casada en la sociedad conyugal, en la que, por exigencias de la unidad matrimonial existe una potestad de dirección que la naturaleza, la religión y la historia atribuyen al marido”. La Constitución de 1978 insufló un viento de libertad para las mujeres y su posición en la familia, superando la equiparación de la mujer a la situación que todos tenemos durante la infancia o a la de las personas con capacidad de obrar disminuida. Con las reformas que, para hacer efectivos los nuevos derechos, se introdujeron en 1981 en el Código Civil, la patria potestad de los hijos, la determinación del domicilio conyugal, la administración de los bienes, etc., dejan de ser prerrogativas del varón, para pasar a constituir responsabilidades compartidas.

Otra reforma de gran calado que se incorpora en 1981 es la introducción del divorcio, lo que ofrece tanto a los varones como a las mujeres una posibilidad, legitimada, de ejercer su libertad para desandar un camino que antes la ley determinaba como sin retorno. La libertad sexual de las mujeres se amplía considerablemente también con la generalización de los anticonceptivos y con la despenalización del adulterio. Hasta la reforma del Código Penal de 1978 esta figura se regulaba de manera distinta para los varones.

La amplia evidencia histórica del concepto de género se ha logrado en contra de las omnipotentes teorías deterministas que han interpretado e interpretan la desigualdad estructural entre mujeres y hombres como consecuencia de características biológicas.

Éstas se expresan en general en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas. La articulación del género en estos días  esta visible en toda su forma de protagonismo en la escena de la vida social y en la política pública,  convirtiendose en una tarea ineludible para la comprensión de las condiciones de vida de las mujeres.

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