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Hacían queso, potaje, sancochos, lavaban la ropa en el agua fría del fondo de los barrancos, criaban a sus hijos y luego a sus nietos y bisnietos, recogían las cosechas, segaban, ordeñaban los animales, cortaban y confeccionaban la ropa, la remendaban, educaban a su prole, les enseñaban la doctrina y la forma correcta de tratar a los demás, con los míseros sueldos de sus maridos compraban, preparaban las dotes de sus hijas, ahorraban,, limpiaban sus casas y las iglesias, barrían los caminos y los patios, iban a buscar el agua a los nacientes, fregaban y planchaban, aguantaban borracheras, callaban lo malo y pregonaban lo bueno, cuidaban las enfermedades de sus parientes y los de sus maridos, caminaban hasta la cumbre a comprar huevos para mercar con ellos, preparaban todo lo necesario para las primeras comuniones y bodas, y con una peseta daban sustento, educación, vestido y dignidad a toda su familia.

Las admiré de pequeño y sigo admirando su lucha callada, tranquila, serena, casi sin derecho a nada que no autorizase el padre, marido o hijo.

Y todo desde un profundo y sincero amor a la familia y a los valores más íntimos del ser humano.

Mi consideración y respeto a ellas y a todas las que en la actualidad siguen siendo las verdaderas y ocultas columnas de las familias terorenses.

José Luis Yánez Rodríguez.
Cronista Oficial de Teror.




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