El valor de esta anécdota está en la honradez y seriedad de un hombre en el cumplimiento de lo pactado. En esos pactos no había ningún documento escrito por medio. Se hablaba, se llegaba a un acuerdo y lo sellaban con un apretón de manos. En aquella época los hombres solían decir que «Mi palabra es un documento». Y como verán, así era.

Esta vivencia, que ocurrió en la década de los años 60 del pasado siglo, me la contó uno de los protagonistas, un viejo amigo cuya amistad iniciamos haciendo la mili y duró hasta hace algo más de un año cuando él falleció. Se llamaba José Castellano Bolaños, Pepe Castellano, y éramos íntimos amigos.

Les cuento: La familia de mi amigo Pepe procedía de Fontanales, y su padre, maestro Boro, tenía una pequeña empresa constructora y por motivos de  trabajo se vinieron a vivir a la ciudad de Las Palmas, en la zona de Schamánn. Tanto Pepe como su hermano Adolfo trabajaban en alguna obra como peones de albañil para ganarse unas perrillas y tener algo para gastar, pues al ser familia numerosa la asignación semanal de sus padres era muy escasa. Los dos eran muy jóvenes y carecían de trabajo fijo, pues Adolfo estaba aprendiendo el oficio de carpintero y Pepe estudiaba delineación.

En un momento dado, su padre es requerido por un señor del Puerto de la Luz, don Jesús, para que le hiciera un presupuesto por la construcción de una casa terrera. Maestro Boro, después de tomar medidas del solar que estaba totalmente llano y casi limpio, le dice a don Jesús que al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, se verían de nuevo para decirle el precio total del presupuesto. Ya en su casa de Schamánn, en su mesa de trabajo, hace sus cálculos y anota todo en su inseparable libreta. Detalla los materiales con sus precios; calcula los transportes necesarios; calcula la mano de obra más la seguridad social; calcula la pintura más los pequeños gastos y al final le añade su beneficio. Suma todo ello y sale un total de «X» pesetas. El cálculo de la mano de obra está basado naturalmente en la estimación del personal que necesita y en la duración de la obra.

Al día siguiente, a la hora acordada, acude a la cita prevista con don Jesús y le da el presupuesto que tras leerlo lo acepta de inmediato. Acuerdan una cantidad inicial para los materiales y se dan un apretón de manos que equivale a la firma del más riguroso de los contratos.

Contrata a dos buenos albañiles y a un peón que ya habían trabajado con él otras veces, más sus dos hijos y él mismo que también era albañil, forman las tres cuadrillas que había previsto. Una semana más tarde se empieza la construcción de la casa, una vez que tiene el material que necesita acopiado al pié de la obra.

A Pepe, como estudiante de delineación, le interesaban todos los detalles de la obra, pues era una práctica que le venía muy bien. Al iniciarse la obra, después de los cimientos, acuerda con su hermano trabajar más deprisa y echar algunas horas extras preparando el material y trasladándolo junto al tajo del día siguiente, con el fin de acabar la obra antes de lo previsto por su padre, pensando que así repartiría con ellos dos el importe de los sueldos y seguridad social que se pudiera ahorrar.

Efectivamente la obra se acaba cinco días antes de lo previsto en los cálculos de su padre, el cual se ha quedado muy contento y junto con el último sueldo les da una pequeña gratificación a cada uno de los dos hijos, por el esfuerzo que habían hecho y que lógicamente no había pasado inadvertido por su padre. Pepe, una vez solos, se dirige al padre y le dice:

«Padre usted sabe que la obra se acabó cinco días antes porque Adolfo y yo trabajamos más deprisa y echábamos más horas por las tardes preparando el material para el día siguiente; no cree justo que la parte ahorrada en sueldos y seguridad social se reparta entre los dos».  

El padre se les queda mirando, como si no creyera lo que acababa de oír, y le responde:

 «Pero ustedes tienen que comprender que yo tengo que modificar el presupuesto y rebajarle los cinco días de mano de obra a don Jesús, porque está claro que, por el motivo que fuera, la obra se acabó cinco días antes de lo que yo calculé y desde luego no le voy a cobrar ni una peseta de más. Ya gano lo mío con el % de beneficio y a ustedes ya les di una gratificación. Así que escuchen bien lo que les voy a decir: “El valor de un hombre se mide por la seriedad y la honradez. Si cualquiera de ellas se pierde uno no vale nada”. 

Por mucho que le razonaron no hubo manera. Maestro Boro habló con don Jesús y le descontó la parte de los sueldos y seguridad social ahorrados más la diferencia en su % de beneficio del montante total. Y todos tan contentos, menos sus dos hijos que se habían partido el lomo trabajando. Lo dicho, esta es una raza extinguida.

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COMENTARIOS

  1. Avatar

    Estimado amigo,siempre leo sus vivencias y de esta doy fe de la palabra y honestidad de Maestro Salvador como yo lo conoci ya que trabaje de peon con el y sus hijos Yoyo y Pepe antes de ir al cuartel,como digo muy buena gente y este relato me trae buenos recuerdos ya que soy natural de Palma de Rojas ,Galdar.

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