Esta anécdota que les voy a relatar ocurrió un día de la Virgen del Pino de finales de la década de los sesenta del pasado siglo. Yo hacía unos pocos años  que me había casado.

En aquella época, al menos por la zona noroeste, había por costumbre comer un sancocho a la orilla del mar el día de La Virgen del Pino, que es fiesta en toda nuestra isla. La familia de mi esposa era fiel a esa tradición y todos los años iba toda la familia, abuelos, hijos y nietos, a comer el sancocho a la orilla del mar. Uno de los yernos le pedía prestado a su jefe el camión con el que trabajaba a diario y allí nos subíamos todos en la carrocería, menos mi suegra que iba en la cabina con el chófer, en dirección a un precioso lugar, semi-virgen entonces, que le llaman «El charco de los espejos», que está situado en el litoral de Gáldar, entre el Faro y la Punta de Gáldar.

Era también una costumbre que otros dos yernos, concuños míos, muy aficionados a la pesca y además buenos pescadores, fueran de madrugada con el doble cometido de reservar un buen sitio para toda la familia y de pescar algo para antes del sancocho freírlos y echarnos unos piscos. El resto de la familia llegaba en torno a las diez de la mañana. Mi suegro era el último en llegar pues siempre aprovechaba los domingos y días de fiesta para trabajar en su pequeña finca de plataneras y echar de comer a los animales.

Gran parte de la carretera era de tierra y con muchos baches, por lo que el camión tenía que ir muy despacio. Cuando llegamos al lugar todos colaborábamos pues eran muchas las cosas que habían que bajar, Pero como éramos muchos de un solo viaje lo llevamos todo.

Una vez instalados en el mejor sitio que previamente habían reservado mis dos concuños, pues aunque era un lugar poco conocido siempre iba alguna otra familia a pasar también el día. La playa no era de arena sino de piedras por lo que resultaba algo incomoda.

La jefa en la cocina era mi suegra y el sancocho se hacía a su gusto, con la ayuda de sus hijas mayores. Así que una vez instalados se encendía el fuego  y se empezaba a cocinar el sancocho que siempre quedaba riquísimo. Los más jóvenes y los pequeños se iban a darse el primer baño en un charco que parecía una piscina natural, cuyas aguas estaban tan limpias que parecía un espejo. De ahí el nombre del lugar.

Yo y un cuñado nos llegamos a ver qué habían cogido los dos pescadores. Nada más verles las caras ya imaginamos que no habían cogido nada. Y era raro porque ese lugar es bueno de pesca y todos los años anteriores cuando nosotros llegábamos ya tenían cogido un balde de pescado. Un poco retirado de ellos habían dos pescadores más, que no conocían pues no eran de la zona, y tampoco habían cogido nada. Ya se sabe que esas cosas a veces ocurren. El mar es un misterio.

Cuando mis dos concuños nos ven llegar junto a ellos, deciden dejar las cañas en la orilla por si luego les daba por echar un par de lances más y se vinieron con nosotros, pues ya estaban cansados y aburridos y además ya se les había acabado el «engodo». Cerca del mediodía abrimos unas latas de sardinas y de atún que yo, previsor, había llevado y nos echamos unos piscos de ron mientras echábamos una partida de envite.

Pasada la una de la tarde aparece mi suegro en un taxi con una media chispa que enseguida le notamos. Había que ver a aquel hombre de más de 1,80 de alto bajando por aquellos riscos y balanceándose como una palmera en un vendaval. Todos estábamos pendientes de él, pensando que si se llegaba a caer se iba a hacer daño y encima nos iba a joder el sancocho. Nada más llegar a donde estábamos nosotros lo primero que preguntó fue por la pesca, le dijimos que ni un guelde y a continuación, muerto de la risa, se fue derecho a una de las cañas que todavía tenía en el anzuelo un cangrejo reseco de estar al solajero y cogiéndola por la mitad, (él no tenía ni la más ligera idea de la pesca), la mete en el agua y se sienta pacientemente en una piedra. No habían pasado cinco minutos cuando la caña le pega un tirón que casi se la quita de las manos. Del grito que pegó, sus dos yernos pescadores se levantan de un salto y salen corriendo para donde estaba el viejo. Cuando llegaron ya Panchito tenía fuera del agua, todavía enganchada al anzuelo, una vieja que pesaba cerca de un kilo. La soltaron del anzuelo, pues el viejo no sabía, y la metieron en el balde, asombrados de lo que había pasado. Mientras el viejo se reía de ellos y les gritaba: «Ustedes no saben pescar, carajo».

Los dos se quedan mirando el uno para el otro y se decían: «Nosotros hemos estado más de cinco horas con las cañas en la mano, desde las seis de la madrugada, sin que nos picara un bicho y luego llega este hombre, medio borracho, y sin engodar y con un cangrejo reseco del sol y metiendo la caña en el agua hasta casi la mitad y va y saca una vieja enorme. !No hay derecho recoño!. !No hay derecho!», repetían una y otra vez. !Es que me dan ganas de tirar la caña al agua carajo!. Es cierto el dicho que dice que «el pescado no conoce al pescador”,  pero esto es demasiado.

La que se armó no lo pueden ustedes ni imaginar. Yo no había visto nunca a mi suegro tan contento. Les decía al tiempo que se reía a pierna suelta. !Mira que tener que venir yo p’a podernos comer un cacho de pesca’o fresco!.

Aquellos otros dos pescadores, cuando vieron lo que pasó, recogen las cañas y los utensilios de pesca y salen por el risco para arriba calientes como machos, al tiempo que nos decían: «A esto no hay derecho carajo. Mira que llevamos más de seis horas con las cañas en las manos sin que nos picara ni un jodido caboso y llega este hombre sin tener ni idea de cómo se coge una caña y va y saca cerca de un kilo de vieja…….»Es p’a no coger más nunca una caña en las manos»…… Y traspusieron risco arriba maldiciendo…..

La jornada transcurrió con ese buen ambiente el resto del día, hasta que por la tardecita, cuando ya el sol se ocultaba, nos fuimos todos al camión y de vuelta para casa. Tengo que aclarar que el lugar lo dejamos aún más limpio que lo encontramos.

Ni que decir tiene, que de todo esto se enteraron hasta las ratas del barrio. Mis pobres dos concuños tuvieron que aguantar las bromas del viejo ni se sabe cuánto tiempo. Hasta el punto que cuando salían a pescar procuraban que él no se enterara.

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