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En la tienda-bar de Santiaguito el bodeguero, que estaba situada a la entrada de Guía, junto al lugar conocido por El Siete, también se vendía todo tipo de género para la alimentación y para la limpieza, por lo que semanalmente acudían a comprar numerosas amas de casa. También había un reservado en donde se despachaban bebidas a los hombres y tenía un acceso independiente por la calle Médico Estévez. Recuerdo que siempre tenía de tapas en un pequeño armario de madera y cristal, aparte del queso de flor y de cuajo de los altos de Guía, una carne mechada que a todos gustaba mucho.

En la época de los años 50/60 del pasado siglo era costumbre en todas las tiendas vender a crédito. El control se llevaba en dos libretas, una era de la tienda y otra del cliente, y se anotaban detalladamente tanto la compra como las entregas a cuenta o el pago total. Generalmente la cliente pagaba lo llevado la semana anterior y se llevaba a crédito lo que necesitara durante la presente semana. Alguna vez había alguien que se retrasaba algo por algún gasto imprevisto, pero generalmente al cabo de dos o tres semanas regularizaba la cuenta.

En esa época casi todos los trabajadores cobraban semanalmente, por ello las amas de casa compraban y pagaban todas las semanas. Los únicos que cobraban mensualmente eran los funcionarios que trabajaban en centros oficiales, como el Juzgado o el Ayuntamiento, y aquellos que trabajaban en las oficinas de empresas privadas.

Pero está claro que la venta a crédito conlleva un riesgo y a veces suele aparecer alguien que se aprovecha de ello. Así que un día le llega a Santiaguito una nueva clienta que le hace una buena compra y le paga en efectivo. A la siguiente semana vuelve y de nuevo hace otra abundante compra que igualmente paga en efectivo. Y así hizo tres o cuatro compras, hasta que un día le pide crédito con el mismo sistema de pago que la mayoría de las clientas. Santiaguito se lo autoriza pues no tiene ningún motivo para dudar de la honradez de esta mujer. Y así iba funcionando la señora sin ningún tipo de problema. Un día hace una compra muy grande y paga la de la semana anterior, pero la semana siguiente no entregó ninguna cantidad de la compra grande; pasa otra semana y tampoco le entrega nada alegando que ha tenido que hacer un pago imprevisto, pero que no se preocupe que pronto saldara la deuda, decía. Pasan dos semanas más y la señora no entrega un duro. Santiaguito está viendo la cosa complicada pero no quiere cortarle todo el crédito porque si lo hace se larga y ya no vuelve más, con lo que no tendría posibilidad ninguna de cobrarle. Tampoco se atreve a exigirle el pago de la deuda de manera imperiosa porque sucedería lo mismo.

Ya estaba verdaderamente preocupado pues la deuda iba en aumento semana tras semana, pues siempre le decía que la semana siguiente daba una buena cantidad a cuenta, pero nunca llegaba a darla.

Así hasta que un día que estaba la tienda llena y la señora en cuestión estaba esperando su turno, se le ocurre a Santiaguito reclamarle la deuda cantando en voz alta, mientras iba despachando, un viejo bolero que dice así: «Es una deuda que tienes que pagar……..” Como tirándole una punta…..

La mujer morosa lo cogió al vuelo y sin inmutarse, pues el sablazo estaba perfectamente estudiado, va y le contesta también con otro viejo bolero: «Espérame en el cielo……..”  Y con la misma salió de la tienda y nunca más la volvió a ver.

Parece de coñas pero según me contó su hijo Chago fue totalmente cierto. Ni que decir tiene que la noticia se extendió por todo el pueblo en cuestión de horas. Motivo por el cual, a esta señora sinvergüenza se le cerraron todas las puertas de las tiendas del pueblo. En Guía no volvió a engañar a nadie más.

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