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Esta anécdota ocurrió en Agaete allá por los años cincuenta del pasado siglo, y me la contó un antiguo compañero de trabajo que era natural de ese  hermoso pueblo.

Me contaba que cuando era muy joven, de unos 16 ó 17 años, él y dos amigos de la misma edad solían ir al casino del pueblo, a eso del mediodía a echar una partida a las cartas y a tomarse un par de piscos de ron con anís, o de ron con miel y a veces de vino «abocado», (vino tinto y blanco mezclados), que era lo que se solía tomar cuando se era jovencito.

Ninguno de los tres trabajaba aún por lo que muchas de las veces, cuando no les podían levantar las perras a la vieja, (así llamaban a sus madres), se veían obligados a recurrir a Panchillo. Lo peculiar de la anécdota era como lo abordaban y sobre todo cómo le levantaban las perras.

Panchillo era un joven algo mayor que ellos y algo retrasado mental; vamos, medio totorota como les llamaba nuestro Pepe Monagas. Pero sin embargo en las perras no había quien lo engañara. Se pasaba casi todo el día vendiendo boletos de unas rifas que su propia madre organizaba.

En aquella época era bastante usual en los pueblos ese tipo de rifas de un juego de calderos; de una plancha de carbón o de cualquier otro utensilio que fuera atractivo para las mujeres, que eran su clientela en potencia. Era, en definitiva, un medio de ganar alguna peseta para ayudar a la maltrecha economía familiar.

Los tres amigos conocían a Panchillo de toda la vida y naturalmente conocían su actividad. También sabían dónde se encontraba y cuando era la hora que más perras tenía en el bolsillo, que era la del mediodía y que coincidía con la hora del aperitivo de estos tres golfillos. Así que a la hora convenida se disponen a levantarle unas cuantas perras que fueran suficientes para echarse un par de piscos cada uno. Nunca le quitaban todo el dinero, pues ellos no querían que la madre de Panchillo detectara los pequeños robos, porque entonces podían tener serios problemas con ella, pues era una mujer fuerte y muy bruta.

Ellos ya tenían la táctica muy desarrollada. Cada uno tenía una función concreta. Así que nada más llegar junto a Panchillo lo saludaban; uno se ponía frente a él a darle conversación hablándole de lo que a él más le gustaba, que era el fútbol y concretamente del C.D. Agaete que tenía un buen equipo entonces. Otro se ponía a su izquierda y le metía la mano en el bolsillo del pantalón y le cogía y sobaba «la chivichanga», y cuando Panchillo estaba más relajado y se quedaba muy quieto, con la boca abierta y saliéndosele la baba, el tercero que ya se había colocado a su derecha le metía la mano en el bolsillo donde tenía las perras. Sacaba la mano llena de monedas y apartaba las que iban a necesitar para los piscos del día y  devolvía el resto al bolsillo. Y ahí acababa la operación al tiempo que le preguntaban: «Te gusto Panchillo». A lo que él siempre contestaba: «Oh yaaaaa, ni que fuera bobo».

Y así transcurría un día más de estos tres gamberrillos que en el fondo tenían buenos sentimientos.

Estaba ahora pensando que mi ex-compañero de trabajo nunca me dijo cuál era su función en la operación……???.

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