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Esta singular anécdota ocurrió en Tenerife allá por los años noventa del pasado siglo, y me la contaron, por separado, dos de los protagonistas: uno de los autores y el sufridor. Ambas versiones coincidieron hasta en los detalles. Como sé que al sufridor no le va a molestar que cuente esta vivencia, en el hipotético caso de que algún día la leyera, voy a utilizar su nombre auténtico. También utilizaré los nombres de los dos autores de la broma, pues aunque ambos han fallecido, estoy seguro de que a sus familiares no les importaría si llegaran a leerle.

Uno de los protagonistas, el sufridor, fue compañero mío de trabajo durante veinticinco años y era el Director Comercial de la empresa en la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Es de mi edad y al igual que yo esta felizmente jubilado. Se llama Sebastián, y todos lo llamamos Poli. Los otros dos protagonistas fueron Joaquín Riquelme, Quino, y Francisco Franco, Paco, (No el General). Ambos eran Directores Comerciales de dos fabricas de Murcia, cuyos productos representaba y distribuía nuestra empresa, Feria, S. A.

Los tres se llevaban muy bien, pues no en vano se conocían desde hacía muchos años e incluso Quino y Poli eran compadres. Tanto Quino como Paco venían como mínimo un par de veces al año para apoyar las ventas de sus productos saliendo a visitar a los clientes más importantes acompañados siempre por el Director Comercial. En esta ocasión habían coincidido los dos, lo cual ocurría con cierta frecuencia, pues Paco Franco se pasaba en las islas la mitad del año.

Yo también llevaba mucha amistad con ambos, pues también visitaban la delegación de Las Palmas con la misma frecuencia y finalidad. Los dos, como ya indiqué,  fallecieron hace ya algunos años cuando aún estaban en activo. Primero se fue Quino y a los pocos años Paco. Esta profesión de viajantes, que se pasan media vida fuera de casa, es muy dura y el organismo soporta un gran desgaste. Eran dos personas muy queridas por todos.

El día de la anécdota habían almorzado en Santa Cruz y se dirigían a Playa de Las Américas a visitar a unos clientes. Cuando iban a la altura de La Candelaria la Guardia Civil de Tráfico los manda a parar porque Poli, que conducía su coche, no llevaba puesto el cinturón de seguridad. El Policía se acerca a la ventanilla del conductor y después de saludar a los tres muy cortésmente, le pide la documentación del coche, la póliza del seguro y el carnet de conducir. Poli le entrega todos los documentos y se disculpa por no llevar el cinturón de seguridad puesto, diciéndole al Policía que acababan de comer y que se había despistado y que estaban trabajando e iban al sur a visitar unos clientes. El policía revisa los documentos y los encuentra todos en regla. Se los devuelve al tiempo que empieza a decirle que por esta vez no le va a denunciar pero……Y en ese momento se oye la voz de Quino que iba en el asiento de atrás, que dice alto y claro: «Todas esas disculpas son mentiras. Desde que salimos de Santa Cruz le dije que se pusiera el cinto por si encontrábamos a la Guardia Civil de Tráfico; y tú que dijiste?. «!Que le den por el culo a la Guardia Civil!, a mí el cinto me molesta acabado de comer». El Policía no se creía lo que estaba escuchando y Poli menos aún que miraba a Quino como si fuera un extraño. Paco que iba en el asiento delantero y que hasta el momento se había mantenido callado va y remata: «Todo eso es cierto y yo también le dije que se lo pusiera al igual que lo llevo yo». El Policía no sabe qué hacer, mira a uno y a otro, y piensa que están de coñas. Así estaba de indeciso cuando Quino lo saca de dudas al decirle:  «Y escuche bien lo que le voy a decir señor Agente, si usted no lo denuncia lo denunciaré yo a usted». Al Guardia Civil, naturalmente, no le queda otro remedio que denunciarlo. Sin embargo mira a Poli con cierta pena, pues piensa que «con amigos como estos prefiero a los enemigos». Poli firma la denuncia y después de hacerle entrega de la copia el Agente se despide con un «lo siento señor».

Cuando se quedan solos, Poli, que aún no daba crédito a lo sucedido, les recrimina seriamente y muy cabreado la acción y les dice que si están locos, que si no se daban cuenta de que esa broma le iba a costar 5.000 pesetas. Mientras Poli descargaba con insultos la calentura, Quino y Paco se iban a partir de la risa. Cuando pudieron parar de reírse Quino le dice: «No te calientes compadre, la multa la pago yo pero no me digas que no valió la pena por el solo hecho de verles las caras y los gestos a ti y al Guardia Civil de trafico».

Así de gordas eran el calibre de las bromas de estos amigos. Dicen que los murcianos fueron los pioneros de España en salir de su tierra a vender sus productos en otros lugares. Paco y Quino eran dos grandes comerciales y llevaban media vida viajando por toda España y cuando se juntaban los dos eran un peligro.

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