Hace unas semanas quedé con un amigo en una de las terrazas de la mítica Plaza de la Victoria. Era media mañana, entre el olor a polvo de las excavadoras, el calor y la humedad, me senté. Mientras buscaba la mejor ubicación para que no me diera el sol de frente, me situé justo detrás, espalda con espalda, de  un “auténtico abuelo canario”. Pantalón gris, cachorro y una camisa de manga corta apretada que parecía que los botones estaban a punto de, como dicen en las películas de astronautas, ¡3…2…1… al aire!

Es ese momento comenzó lo llamativo. Este adorable abuelo conversaba con otro señor, vestido algo más moderno, calculo que ambos tendrían unos setenta años. Hablaban sobre la vida, sus dificultades y la lucha con un inquilino. Transcribo una parte de la conversación:

–  “Estoy cansado de oír siempre la misma historia, el inquilino de mi casa de Telde no me paga, lleva ya muchos meses y no me coge el teléfono. Las dos veces que lo ha hecho, me dice que lo hará el mes siguiente”.

–  Su compañero de mesa le dice que tiene que poner los papeles en el Juzgado y hablar con algún abogado que se mueva.

–  Nuevamente, con el mismo tono triste le dice que no quiere pagar por una situación de la que no tiene culpa, además, añade que le han dicho que los Juzgados van muy lentos y le pueden destrozar el piso.

–  A lo que responde, “es complicado pero algo tienes que hacer”.

Estas frases o muy parecidas, las escucho varias veces a la semana en mi despacho, por desgracia están a la orden del día.

Hace años hablaba con un ilustre personaje de La Aldea de San Nicolás y me decía que la palabra era Ley y que no necesitaba nada por escrito. Le expliqué de una forma didáctica que eso era una práctica habitual hace

50 años pero que las cosas han cambiado mucho. Ya no sólo tenemos que dejarlo todo por escrito sino claro y con pruebas si es posible. Estamos, según mi punto de vista, en una decadencia moral y económica y no sólo prima el ganar sino humillar.

Todo ello me lleva a hacer una reflexión sobre los famosos desahucios por falta de pago, la buena fe y la mejor forma de solucionar estos problemas.

Es poco habitual ponernos en la piel del otro, sobre todo porque si somos los dueños de la propiedad y además pagamos una hipoteca, nos come la rabia interior por una “injusticia real”. Es muy importante detectar esta “injusticia real” para buscar una solución. Hace años había un programa en Telecinco que presentaba el genial Jose Luis Coll que se llamaba “hablando se entiende la gente”, pues yo, después de muchos años en el circo de la justicia, me reafirmo en el nombre de este programa, hay que intentar hablar de tú a tú y negociar.

Mejor es un buen acuerdo que un mal juicio, es una frase que todos hemos oido alguna vez. Estoy de acuerdo con esa frase, sobre todo en otro tipo de procedimientos judiciales donde las pruebas son más interpretables.

Negociar viene del latín “negotiari” y significa ajustar el valor de algo. Hoy en día, equiparamos el concepto de negociar al de ceder. Para nada es así. Muchas veces es más importante recuperar antes la propiedad para volver a alquilar que empecinarnos en castigar y ajusticiar al contrario. En la práctica, la mayoría de las veces, el acuerdo al que quiere llegar el inquilino consiste en abandonar la casa antes de que la Policía lo eche de la misma, el llamado “lanzamiento”, pero a cambio tenemos que reducir la deuda. Puede ser una buena opción, sí, pero depende de las circunstancias.

Si no es posible llegar a un acuerdo debemos acudir lo antes posible a los Juzgados, es un mito que los Juzgados vayan muy lentos o que nunca se sabe lo que puede pasar en un juicio. Evidentemente hay excepciones pero, la mayoría de las veces, los procedimientos en los Juzgados van a buen ritmo y se satisfacen plenamente las demandas de las personas.

En resumen, si nos nos paga nuestro inquilino, negociamos con sentido común y si no es posible, acudimos al maravilloso mundo de la justicia.

José Fco. Rodríguez Díaz

Socio-Director

Del Pueyo & Rodríguez Díaz Abogados

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