Parábola de un millonario por Roberto Ojeda

Domingo 26 de mayo de 2019. Me levanto por la mañana y me encuentro una nota en mi mesa de noche. Mi chofer me ha abandonado. Leo su nota manuscrita en la que me dice textualmente: “Estimado Señor, durante estos últimos casi dos años, he estado alternando dos trabajos, el de chofer con Usted y otro que, a día de hoy, me aporta más garantías. Por ello le comunico que no podrá seguir contando con mis servicios. Últimamente he estado desmotivado y creo que me voy a dedicar a mi otro trabajo, será mejor para los dos. Para no dejarle en la estacada, le dejo el teléfono de varios candidatos que podrían sustituirme para que Usted considere y los pruebe. Ellos están dispuestos a conducir un día para Usted y ese día puede ser hoy mismo. Le adjunto sus teléfonos. Ha sido un placer y un orgullo para mi”. Un tanto dubitativo y sorprendido por la situación, cojo el papel donde me ha dejado los teléfonos y me decido a llamar.

Llamo al primero de la lista y quedo con Él. Como primera impresión se le ve muy sociable, simpático, me da la mano y casi me da un abrazo (un poquillo confianzudo) y le comento que coja las llaves y me de un paseo en el coche para conocerlo mejor. De primeras le pregunto que si ha trabajado de chofer, si tiene experiencia. Me responde que sí, mucha. Me comenta que estuvo muchos años de copiloto de otro chofer que tenía mucho trabajo, pero que aquel chofer ya por último, daba muchos volantazos y no le renovaron el carnet. Que después tuvo su oportunidad como chofer, pero que solo le duró un año y pico. Decido preguntarle que por qué no siguió. Me responde que llegó otro y cogió su sitio y hasta ahora. Me empieza a generar alguna duda, porque mira mucho por el retrovisor de la izquierda, imagino que temiendo que alguien lo adelante. Pero hubo algo que ya no me gustó nada. Por una parte, saludaba a todo el mundo, lo que me hacía sentir un poco inseguro y ya el remate fue cuando paró el coche debajo de un Álamo y subió a un hombre y a una mujer conmigo. Primero le dije que con ese peso, se sobrepasaba la “tara” permitida y nos podían multar. El hombre al que subió, insistía en que Él prefería ir corriendo, pero que si ese chofer le decía que subiera al coche, que no le quedaba más remedio. Cuando le pregunté que ¿qué hacía esa gente en el coche conmigo?, la respuesta fue que los tenía que llevar a su casa, que había quedado con ellos y que era inexcusable la cita. A todas estas, seguía conduciendo y, debido a ese exceso de confianza, casi nos llevamos por delante a una señora que cruzaba el paso de peatones y lo peor, se pensaba que el coche era suyo ya y que podía hacer y deshacer lo que le convenía. No me gustó nada porque ese exceso de confianza podía traer problemas y malos entendidos. Después de dejar al hombre y la mujer en su casa, les comentó que se verían a la cena. Y en todas estas, Yo en medio sintiéndome un extraño en mi propio coche. Por supuesto le dije que me dejara en mi casa, me devolviera las llaves del coche y que no lo quería volver a ver. Me insistió en su experiencia, en que era muy amable, pero me dio bastantes razones para no tener que tenerlo todos los días llevando mi coche. Casualmente, al segundo que llamé, coincidió con el primero cuando se marchó. Se dieron un abrazo y ya eso no me hizo mucha gracia. Se presenta ante mi y parece serio y muy formal. Mi primera pregunta antes de montarnos en el coche fue que, de qué conocía al chofer anterior. Me contesta que hasta el mismo día antes habían estado trabajando juntos. Que pertenecían a dos empresas distintas, pero que habían conformado una UTE y que ya se había terminado el trabajo. Me comentó que el trabajo que realizaron juntos, lo volverían a repetir, porque había sido una buena experiencia. Le digo que coja las llaves y que me lleve a dar una vuelta. Lo primero que me sorprende de este segundo chofer es que siempre mira por el retrovisor de la derecha, aunque también está continuamente cambiándose de carril y mirando por la izquierda. Casi me mareo, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Tal es el meneo, que en uno de esos cambios de carril se escora mucho a la derecha y rompe el retrovisor. Antes le había entrado un mensaje en el móvil, lo miró y por eso se despistó y chocó. Yo me di cuenta desde el primer momento. Furioso le pregunto: ¿Por qué ha dado ese bandazo y ha roto el retrovisor derecho?, y me contesta que se estaba acordando de una amiga del trabajo que era muy protagonista y que se llevaba todos los merecimientos del Jefe que tenían y por eso se despistó. Le digo que es mentira, que nos chocamos porque estaba mirando el móvil. Esa mentira ya no me gustó nada. Me sentí engañado y perdí la confianza totalmente, pensando además que si me engañó una vez, podría volver a hacerlo. Le dije que se bajara, que Yo mismo me llevaba el coche para mi casa. Al llegar a mi casa, volví a coger la lista de teléfonos. Ya estaba cansado y aburrido pero pensé que, probablemente lo peor había pasado. Me quedaban cuatro o cinco teléfonos más, pero el anterior chofer me apostillaba en la nota escrita que todos ellos carecían de experiencia en este sector, salvo una. Decidí llamarla. Después de la experiencia con el primero y el segundo, con rotura de retrovisor incluida, pensé: “las estadísticas dicen que las mujeres son las que menos accidentes tienen”. Me cité con Ella y la invité a que condujese para comprobar si realmente cumplía con el perfil. Nada más sentarse, le advertí que no llevábamos retrovisor de la derecha, a lo que me contestó que ella solo necesitaba el retrovisor principal grande del centro y que para aparcar, a lo mejor miraba para el de la izquierda que estaba sano, pero solo para aparcar. Como los otros dos aspirantes anteriores, saludaba a todo el mundo, pero ya me iba acostumbrando a ese hecho, pero sí me sorprendió cuando me dijo: “Sabe Usted una cosa, lo que más me gusta de conducir su coche, ¿sabe lo que es?, pues que tiene un parabrisas enorme, donde se puede mirar hacia delante con una gran perspectiva”.

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