Volverán, claro que volverán los turistas, las romerías, la afición al estadio de Gran Canaria, la normalidad que nos robó este virus con nombre que asusta, SARS-CoV-2, y enfermedad COVID-19, acrónimo de coronavirus disease más apellido 19, para no olvidarnos del año que lo cambió todo.

Un 2019 que inició la pandemia en tierras lejanas, y con ella la sucesión de malas noticias. Desde miles de vidas arrebatadas, hasta secuelas, ucis, confinamientos o ansiedades, producto de un bicho que, malamente superaremos, si pensamos que el “a mi no me tocará” nos protege de contagiarnos o contagiar. Un grave error, pues todos somos potenciales portadores del virus y debemos asumirlo.

Y si todavía queda algún escéptico, alguna duda, los titulares de estos días confirman que el SARS-CoV-2 sigue entre nosotros con mucha fuerza. Más aún después de unas Navidades donde se puso las botas, desgraciadamente. Un empacho que ha disparado los contagios en Lanzarote y Gran Canaria, pasando al nivel 3 de las medidas contra la pandemia.

Serían las ganas acumuladas de encontrarnos, en fechas tan señaladas, o la confianza despertada por el anuncio de la llegada de la vacuna, pero lo cierto es que el relajo pasa factura, en una tercera ola que va in crescendo, que dispara la curva.

Una vez más doblegarla es vital, tocando actuar con altura, con la responsabilidad individual y colectiva que exige el momento. Evitar las mascarillas caídas, los besos inoportunos y respetar la distancia que no olvida, sino protege con su metro y medio, resultan esenciales. Pues no queda otra que rectitud con las medidas, beligerancia ante la relajación y tiempo para que la vacuna haga su trabajo.

Es nuestra obligación, si queremos rebajar la incidencia de la COVID-19, al margen de que aburra la situación, por más que estemos cabreados o hartos, lógico si además hemos cumplido nuestra parte. Pero, para terminar con esta pesadilla, es imprescindible compromiso, prudencia y conciencia de cada uno de nosotros, de esta sociedad enfrentada a la peor crisis de las últimas décadas.

De aplicarnos, lo superaremos y hasta esas “quedadas” pendientes, los festejos aplazados, incluso los abrazos que no nos dimos, volverán. Hagámoslo. Desde luego yo por ti, lo haré; tú por mí, deberías.

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