José Luis Yánez replica al Padre Baez

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Lunes, Junio 18, 2018

José Luis Yánez replica al Padre Baez

No he de ser yo quien haga el trabajo de otros, que en esto de los muchos opinares parece hacerse cierto el refrán de  “A más doctores, más dolores”. Lo digo y lo afirmo con respecto al reciente programa que el canal de Gran Canaria Televisión ha dedicado bajo el peculiar y populista enfoque del sacerdote don Fernando Báez Santana a la Villa de Teror y sus cosas. Lógicamente, las cosas de Teror que interesan al llamado “Padre Báez” y a los responsables de trasladar sus opiniones al resto de la gente a través de este canal.

Y como no he de ser yo porque ni debo ni quiero quien ponga a cada cual en donde le correspondiere por su labor y saber; me centraré sólo en aquellos detalles más relacionados con mi labor como historiador y como cronista de la Villa, atendiendo a mucha gente a la que han molestado profundamente algunas de las afirmaciones -y tonos- y que así desde su respeto hacia mí, me lo han pedido.

Como inicio, tengo que admitir que el programa es visiblemente popular, por la fórmula más fácil de llegar a lo popular: ser populista; decir aquello que los que están viéndolo quieren oír. Y hasta yo inicio toda esta perorata aceptando como válidas muchas de sus afirmaciones. Es verdad que Teror es el corazón de la Gran Canaria, su espiritualidad y su historia le dan calidad indiscutible de tal; es cierto que, estética y hasta sentimentalmente, imaginar nuestros campos cubiertos de cultivos de papas, escuchando el mugir de las vacas y el agua correr por los barrancos tiene un efecto sedativo que agrada; con lo cual la realidad de verlos cubiertos de inciensos moriscos, sin vacas, cabras ni becerros, con las pocas aguas perdiéndose en la mar causa automáticamente el efecto de dejarnos el alma revuelta. La nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor siempre ha sido un buen recurso para soliviantar a las masas cuando se está en tiempos de crisis. Y como estamos en tiempos de crisis, sólo queda buscar un culpable y ya tenemos el organigrama de la perfecta revolución. Don Fernando Báez lo ha encontrado, extrañamente, en el Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria; y digo extrañamente porque los Cabildos han sido secularmente (ya se puede decir porque pasan del siglo) de los organismos que más se han preocupado por lo mismo que afirma ser motivo de preocupación del sacerdote: la recuperación de nuestra entidad agrícola y ganadera. Llega a tal punto este encono que a través de las redes sociales –su principal vía de comunicación, excepción hecha del púlpito- asevera frases como las que siguen, que no puedo resistir a transcribir literalmente: “…el cabildo se expansiona, se lo apropia todo. La isla se pauperiza (empobrece). Usurpar, para el cabido es muy fácil. La isla se precipita hacia la ruina imparablemente, por culpa del cabildo. El cabildo poco a poco se está segregando todo, toda la isla: para un solo pinar. El cabildo presiona a la pobre gente del campo, y se queda con su tierra, con toda la tierra; ya no se explota la tierra”

En lo de los pinos, aparte de aclararle que el mayor porcentaje de reforestación cumbrero con los mismos se produjo hace décadas, no tengo nada que afirmar. Que hablen otros y otras.

Que el Cabildo no tiene nada que ver con el abandono del campo canario y sus bucólicas formas de vida, persistente desde los años 60, es algo tan evidente, que me ofende entrar en cuestiones analizadas cientos de veces como uno de los grandes errores de nuestra tierra, de nuestros hombres y mujeres cuando el llamado boom de la construcción y las “grandes esperanzas” que se generaron en torno al turismo como factor económico “salvador de Canarias”. A la vista están los resultados de las decisiones que tomaron tantos hijos del campo canario, que lo abandonaron hace años, movidos, sencillamente, por la búsqueda de un mayor bienestar para sus familias.

Pero voy a lo mío, que, como uso y costumbre, pierdo en la escritura la intención inicial.

Me han molestado, hasta llegar a dolerme por razones diferentes, dos cuestiones en las que voy a centrarme. Don Fernando Báez, en la Plaza de Nuestra Señora del Pino, frente al grandioso templo que acaba de cumplir el cuarto de milenio -a ese Escorial de las Canarias como fuera descrito hace mucho- hace --- que claman a Dios Nuestro Señor, la  Real Academia de la Historia, a la Sociedad de Amigos del País y a todos los que desde el enfoque sereno y tranquilo del estudio de nuestra historia, tradiciones, costumbres y devenires históricos intenta dar las claves de nuestro presente.

La bellísima Torre Amarilla a la que hace referencia no pertenecía al anterior y segundo de los templos que ha cobijado la Santa Imagen de Nª Sª del Pino fabricado en el año 1600. Éste utilizaba como campanario las ramas del Santo Pino  de la Aparición. El 3 de abril de 1684, Lunes de Pascua, el Pino de la Villa de Teror, cuna y crisol de pueblo y leyenda, cayó a tierra "al modo de un hombre que se sienta con pausa y sosiego", tal como declarara un testigo del hecho. Momentos antes, se habían retirado las campanas que colgaban de sus ramas.

Las obras de la nueva torre-campanario, copia de las que por entonces jalonaban la fachada de la Santa Iglesia Catedral (marcando su estilo gótico manuelino portugués, así llamado por desarrollarse en el reinado de Manuel I de Portugal), debieron comenzar poco después; pero como todas ellas, necesitadas de constantes aportes de dineros, su construcción fue despacio y dependiendo en exclusiva de las aportaciones vecinales. Fue realizada en piedra de Teror, cantería de tonos ocráceos que van del rojo al amarillo, y que terminó por bautizar la nueva torre con su color.

Según consta en acta del Cabildo Catedral, ya el 27 de noviembre de 1708 estaba concluida y el vecindario terorense elevaba al mismo una solicitud de ayuda para acabar de pagarla.

Asimismo, el historiador Fray Diego Henríquez en su obra "Verdadera fortuna de las Canarias y breve noticia de la Milagrosa Imagen de Ntra. Sra. del Pino de Gran Canaria" deja constancia en 1714 de que "…los vecinos de aquel pueblo con su trabajo y algunas cortas limosnas, y la solicitud de el Br. Don Juan Rodríguez, Cura  de aquella Parroquia,...ahora nuevamente han hecho y costeado una muy buena torre a las campanas de fuerte y durable canto de color amarillo,…que ha sido de mucho lucimiento al templo" Permaneció unida al segundo templo de la Virgen del Pino desde entonces hasta que éste –que ocupaba gran parte de la actual plaza- desapareciera en 1760 para dar paso a la tercera y actual iglesia, según decisión del obispo Fray Valentín de Morán y Estrada por ruina del mismo y no de una forma arbitraria o caprichosa. El arquitecto de la misma, el coronel don Antonio Lorenzo de la Rocha, decidió con muy buen acierto el respetarla y acoplarla al nuevo edificio, haciendo que de esta manera la Torre Amarilla adquiriera un valor añadido al ser el nexo de histórica y emotiva unión con el pasado de la advocación mariana del Pino y hasta de la misma Villa.

Donde ya don Fernando se vino arriba fue delante de la misma fachada del templo afirmando con su peculiar tono (que llega a ser ofensivo las más de las veces) las frases que más han dolido por atentar a los más valioso que el ser humano tiene guardado, resguardado, en lo más profundo de su corazón. El sentimiento. Ese algo que nos hace llorar cuando vemos una foto de la madre fallecida o el recuerdo nos atropella si escuchamos la musiquilla con que a los veinte años vimos por primera vez a la persona de la que nos enamoramos.

Afirmaciones que me niego a transcribir y que atentan al pueblo canario, a sus costumbres, a sus tradiciones, a su fe, a su sensibilidad más interior; afirmaciones que atentan al que hace el camino de Teror rogando desde el Lomo Magullo hasta la Villa para que la Virgen del Pino cure a su hijo del traicionero cáncer o al que desde Fuerteventura viene a la romería para agradecerle el haber aprobado las oposiciones. Ofenden sus palabras a las lágrimas de mi madre, al canto del himno, al regocijo con que cruzan esas puertas miles de canarios y canarias todos los días del año; ofende el tono burlón y ofende lo afirmado. Cierto es que no apareció en el Santo Pino de la Aparición; fue traída desde Sevilla por los Pérez de Villanueva, familia estimada como fundadora de Teror.

Nada de eso importa cuando entre el fervor, la cultura y la fe, con la voz constreñida por el ahogo de la emoción decimos, cantamos, rezamos el inicio de la Novena a la Señora del Pino: “Nuestros padres nos han dicho…” Y creemos en todo lo que nuestros padres, nuestros abuelos,, nuestros antepasados nos han dicho. Respetar lo dicho por los mayores era una de las características más definitorias de ese campo canario que usted dice defender.

No entro en Lourdes, ni en Fátima ni en Carabanchel; me parecen hasta vejatorias sus palabras.

Sí voy a hacerlo en la advocación de Nª Sª de las Nieves, titular del barrio teldense de Lomo Magullo del que usted es párroco y pastor de fieles. Narra la leyenda, que durante el gobierno del Papa Liberio (352-366), un matrimonio de la alta nobleza romana, formado por Juan Patricio y su esposa, sin hijos y ya ancianos pedían a la Madre de Dios que les diese un indicio de como legar su gran fortuna para mejor agradar a su Hijo. A ambos esposos, la noche de un cuatro a un cinco de agosto en plena canícula romana, la Virgen se les apareció en sueños y les indicó su voluntad de que levantasen en su honor un templo en el monte Esquilino (una de las siete colinas sobre las que se había construido la capital del Imperio), precisamente en el lugar que apareciese cubierto de nieve. Esto, en pleno verano y en Roma, no podía ser otra cosa que el resultado de un milagro. Al día siguiente, los esposos fueron a contar su sueño al papa Liberio que les aseguró haber tenido la misma revelación durante la noche. Rápidamente se organizó una procesión hasta la cima del lugar señalado por la Virgen. Al llegar al mismo, todos los presentes pudieron contemplar un trozo de terreno cubierto de nieve blanca y fresca mientras a su alrededor toda Roma sufría los rigores del calor de la estación. El templo construido en el lugar del milagro es en la actualidad la Basílica de Santa María -primera iglesia levantada en Roma en honor a la Madre de Dios- y que se convirtió en la iglesia primigenia de todas cuantas se alzaron en Occidente en honor a la Virgen por lo que, y atendiendo también a su suntuosidad, desde siempre mereció el título de “la Mayor”. Pocas advocaciones hay que tengan una historia tan hermosa y tan evangelizadora como la de Nª Sª de las Nieves.

Y para terminar, hablando de esos pastores a los que tanto y con tanta razón usted defiende. Es usted desde su ordenación, un pastor de almas, y debe facilitar los canales ordinarios de la santificación empleados por el Espíritu Santo: enseñar la doctrina correctamente, librar a sus fieles de los pecados y censuras, y gobernarlos de acuerdo con los cánones de la Iglesia.

Y no olvidemos que tal como doce la Biblia (y aquí va la cita): " Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! ...Pues así dice Yahveh, el Dios de Israel, tocante a los pastores que apacientan a mi pueblo: ustedes han dispersado las ovejas mías, las empujaron y no las atendieron. Miren que voy a pasarles revista por sus malas obras...Y pondré al frente de ellas pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas, ni faltará ninguna…” En el Libro de Jeremías capítulo 23, para los curiosos.

Pero tal como afirma usted tan correctamente el vídeo: ¡¡¡Hay cada cura, coño!!!

José Luis Yánez Rodríguez

Cronista Oficial de Teror.

Visto 184 veces Modificado por última vez en Domingo, 11 Marzo 2018 11:24

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