La Torre Amarilla por José Luis Yánez

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Jueves, Junio 21, 2018

La Torre Amarilla por José Luis Yánez

El 3 de abril de 1684, Lunes de Pascua, el Pino de la Villa de Teror, cuna y crisol de pueblo y leyenda, cayó a tierra "al modo de un hombre que se sienta con pausa y sosiego", tal como declarara un testigo del hecho. Momentos antes, se habían retirado las campanas que colgaban de sus ramas para servicio de la pequeña iglesia que, a unos pocos metros del tronco del árbol, guardaba la Imagen de la Virgen.

Las obras de la nueva torre-campanario, copia de las que por entonces jalonaban la fachada de la Santa Iglesia Catedral (marcando su estilo gótico manuelino portugués), debieron comenzar poco después; pero como todas ellas, necesitadas de constantes aportes de dineros, su construcción fue despacio y dependiendo en exclusiva de las aportaciones vecinales. Fue construida en piedra de Teror, cantería de tonos ocráceos que van del rojo al amarillo, y que terminó por bautizar la nueva torre con su color.

Según consta en acta del Cabildo Catedral, ya el 27 de noviembre de 1708 estaba concluida y el vecindario terorense elevaba al mismo una solicitud de ayuda para acabar de pagarla.

Asimismo, el historiador Fray Diego Henríquez en su obra "Verdadera fortuna de las Canarias y breve noticia de la Milagrosa Imagen de Ntra. Sra. del Pino de Gran Canaria" deja constancia en 1714 de que "…los vecinos de aquel pueblo con su trabajo y algunas cortas limosnas, y la solicitud de el Br. Don Juan Rodríguez, Cura de aquella Parroquia,...ahora nuevamente han hecho y costeado una muy buena torre a las campanas de fuerte y durable canto de color amarillo,…que ha sido de mucho lucimiento al templo" Permaneció unida al segundo templo de la Virgen del Pino desde entonces hasta que éste –que ocupaba gran parte de la actual plaza- desapareciera en 1760 para dar paso a la tercera y actual iglesia, según decisión del obispo Fray Valentín de Morán y Estrada. El arquitecto de la misma, el coronel don Antonio de la Rocha, decidió con muy buen acierto el respetarla y acoplarla al nuevo edificio, haciendo que de esta manera la Torre Amarilla adquiriera un valor añadido al ser el nexo de histórica y emotiva unión con el pasado de la advocación mariana del Pino y hasta de la misma Villa.

Distintos toques de oración, dobles, llamadas a fiesta o a misa; o el ancestral sonido de la carraca en tiempos de Semana Santa avisaron al vecindario terorense desde sus alturas durante estos tres siglos.

Su arquitectura nos muestra la magia de los siete octógonos que la configuran hasta la cúspide, aportándole cierto aspecto esotérico y prodigioso. Quizás sea debido a ello el milagro que se recoge sobre un fortísimo temporal de viento que arremetió la isla a poco de concluirse la torre y que movió la piedra remate donde se asienta la veleta, amenazando con caerse sobre la iglesia y que, al final, por mor de leyenda o protección divina volvió ella sola a colocarse en su lugar. Una prueba más de que quería durar como mínimo tanto como ha durado, custodiando la señorial

Basílica terorense y la Santa Imagen del Pino.

Y que así siga por el bien de nuestro patrimonio.

José Luis Yánez Rodríguez.
Cronista Oficial de Teror.

Visto 169 veces Modificado por última vez en Domingo, 18 Marzo 2018 19:00

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