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Miércoles, Diciembre 13, 2017

  

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De Traiciones y Mentiras

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Las armas de la persona ambiciosa son la traición y la mentira, la segunda se utiliza para justificar la primera, o para tranquilizar la conciencia, si acaso en su cerebro existe alguna neurona que responda a dilucidar entre las actuaciones humanamente correctas y las que producen náuseas y rechazo.

Lo mejor que pueden hacer los traidores es callarse, porque en su intento de justificarse mienten más que hablan.

Elogian públicamente a la persona que traicionaron, como un bote de humo, para que la opinión pública no se entere de las verdaderas razones de sus actuaciones: poder, cargo, influencias y un buen sueldo que les permita adquirir aquello que aparentemente los sitúe por encima de los demás.

En esa carrera utilizan los mecanismos de defensa más primarios, la sublimación, la negación y la justificación, llegándose a creer sus propias mentiras.

Lo triste es que utilizan y teledirigen a otros, con su victimismo, sus expectativas, su labia y su falso interés por aquel o aquella que quiere atrapar en su telaraña para alimentar un ego que no conoce límites ni de familiares ni de amigos.

Para el ambicioso todo vale y su finalidad justifica los medios, por repugnantes que resulten.

Los traidores no son ni serán nunca de fiar. Aviso a navegantes.

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Comentarios   

+2 #1 RE: De Traiciones y MentirasEl tiempo hablará 02-12-2017 22:54
Hace muchos siglos, allá por el año 150 antes de Cristo, cuando los romanos se extendían por una parte importante del mundo conocido, ocurrió que en Lusitania un cónsul llamado Escipio debió afrontar los embates de un movimiento independentista. Como la tarea de represión era muy dificultosa, decidió aniquilar al líder de los rebeldes, de nombre Viriato (180-139 AC). Para concretar tal fin, pactó con tres nativos, cercanos a Viriato, para que hiciesen el trabajo sucio a cambio de una suculenta recompense. Perpetrado el crimen, los sujetos se presentaron Escipio reclamando el pago de la deuda. Sin inmutarse, el político romano les dijo: "Roma no paga a traidores". De esta forma les hizo sentir el rigor por haber actuado en contra de la ética imperante cuando él mismo había sido el gestor del acto. Desde entonces, resulta útil para reprender a personas que obran de manera traicionera, aunque uno sea el intelectual del hecho.
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