Desde el rincón de mi infancia, donde aún todo me sabe a la cocina de mis tías abuelas y todo huele a olores y texturas de las cosas naturales, sin aditivos y conservantes. Otros tiempos de pueblos, con trayectoria histórica y vida cultural que enriquecen la realidad que hemos vivido con el incendio de nuestra querida isla.

Ese caminar histórico que aún perdura en nuestros genes, mis antepasados, ellos que me trasmitieron el ser contribuyente al bien de todos, donde la solidaridad y el acompañamiento se inicia con una genuina disposición hacia el otro, sin importar sus características demográficas ni apegos, juntaban camino con los demás porque era lo correcto. No porque decidieran magnánimamente compartir su sabiduría, ni su riqueza o su simpatía. No porque sintieran lástima por personas que no conocían, recorrían el camino juntos porque se reconocían valiosos tanto como reconocían el valor de cada quien, porque eran capaces de percibir al otro en sus temores y también esperanzas.

Al final, con toda la buena voluntad y esfuerzos de las instituciones que quedan en atraer a masas de personas puntualmente para sus fiestas, desvirtuándolas de la memoria colectiva  y quedándose en garabatos teatrales para turistas y curiosos. Y luego la soledad y el vacío, durante todo un año. Y contentos de ver gentes deambular por nuestras calles. Pero no son nuestros, no se quedan, van de paso. Y en algunos casos, destrozan lo que, con tanto esfuerzo y tantas súplicas a los organismos más altos, se ha conseguido para embellecerlo.

Ahora vuelven a hablarnos de la transformación de los productos, de las nuevas tecnologías (y la banda ancha), de la implantación de la población, de la creación de pequeñas industrias, de las energías renovables, de un turismo de calidad, de los accesos viables, de la explotación de los bienes comunales, de la promoción turística, de la creación y comercialización de productos ecológicos (¿cuándo no han sido ecológicos en nuestros pueblos?), de la visibilidad de la cultura rural, del asociacionismo… pero así como lo desgrano yo, así se van por las laderas como las cuentas de un rosario roto. Pero, como nuestras abuelas, lo enhebramos de nuevo mirando por encima de las gafas.

En otros países europeos, después de la Segunda Guerra Mundial, hicieron esfuerzos de centralización creando cabeceras de comarca que hicieran posible mantener una vida digna en los pueblos de alrededor. También reforestaron las tierras abandonadas por los campesinos y las arrasadas por la destrucción bélica. Ahora son bosques sostenibles que generan puestos de trabajo en el mundo rural. Quizás habrá que dar ventajas económicas sobre los impuestos, como hacían los reyes del medievo, cuando quería repoblar grandes extensiones o crear nuevas ciudades.

En algunos lugares se han creado escuelas on-line, donde los propios padres son los maestros de sus hijos, los cuales se concentran con otros niños, para crear lazos afectivos y sociales, un fin de semana al mes. Dar facilidades, de todo tipo, para que jóvenes se asienten con originales y cuidadas empresas en los pequeños pueblos. Para todo esto son necesarias leyes positivas que pongan en movimiento el engranaje de esta vieja máquina. Nadie ha dicho que sea fácil o incluso posible que nuestros pueblos resuciten.

Ahora que visitas los montes calcinados, tu pequeño pueblo o que vuelves a él a revivir los profundos sentimientos de tu infancia y juventud, pregúntate: ¿Y yo que hago por mi pueblo? Al menos no vayas de paso.

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

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