¿Qué afinado violín modula
de cordaje de seda
a mi oído embriagado tu frugal terciopelo?
Floran en él rumores de plantío,
silbos de frondas que arden en los álamos
cuando se abrazan, río abajo, al viento.
Hay en tu voz murmullos, como acordes
de inflorescencias que germinan
–ya en perfumes de mies– el sentimiento;
como el roce de polvo de las fuentes
que se sueñan aljibes
para atrapar las aves en su fulgor de espejos;
como bruma que aguarda y en el ópalo
solar de las arenas vibra
madurada en el roble del vaivén del Océano;
como un ascua de amor que aún
crepita, apenas ya vagido
de estela de una nave fondeada en el puerto;
como un lamer de olas en la espuma
con que el mar se adelgaza
por mejor adentrarse en la sed de los médanos…
Es tu voz un torrente de pájaros sonoros
que –en su tañer ternuras– calan
como lluvia finísima mi pecho.

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