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miércoles, octubre 23, 2019

Una fría mañana de enero

Fuente: https://antoniomeiras.wordpress.com

Corría el año 2000, recién estrenado el siglo. Recuerdo esa mañana de forma nítida, cuando apenas tenía 12 años.

Era una mañana cualquiera de enero. Pepe (mi hermano, 7 añitos entonces) estaba malo, y tocaba ir al colegio en autobús. Mi padre, comandante de Intendencia de la Armada, ya se había ido a trabajar, y le tocaba a mi madre quedarse con el “enfermo”. Así que Charo y yo estábamos preparándonos para salir.

Habíamos quedado con Almudena Blanco, cerca de dónde vivían entonces, en el Paseo de Virgen del Puerto, Madrid, para que no fuéramos solos. Al fin y al cabo, mi madre se sentía más segura así.

Yo estaba listo. Mochila preparada. Y Charo (benditas chicas) mareando en el baño (9 años y ya le gustaba peinarse mucho). Pasaban las 8 de la mañana. “Vamos que llegaremos tarde.” Un examen de inglés esa tarde torturaba mi ánimo. Y de repente, la explosión. Tembló toda la casa. Se desprendió parte de la escayola de algunas paredes. Milagrosamente, a nosotros no se nos rompió ningún cristal.

“¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso mamá?”

“Nada niños, no os preocupéis, voy a preguntar a los vecinos.”

Y se fue a hablar con algún vecino. Mientras, se llenaba la calle de humo y se empezaron a escuchar sirenas en la lejanía. Ambulancias, coches de policía. No tenía del todo claro que había pasado. “Un accidente niños, tranquilos.”

Pasó un tiempo, no sé cuanto, y ella nos cogió a los tres (Pepe y su dolor de barriga ya no eran tan importantes) y nos dijo que nos íbamos. ¿A dónde? No lo recuerdo. Puede que a casa de alguno de mis tíos, o a la oficina de papá. Pero nos íbamos.

Lo del accidente no colaba. Pero yo no había escuchado nunca una bomba (que era eso, una bomba). Sabía de la existencia del terrorismo, pues había vivido con interés todo lo relativo al secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Entonces vivíamos en El Ferrol. Me manifesté, unido al resto de ferrolanos, y recuerdo que sentía cierta rabia, aunque no sabía por qué. Solo sabía que unos asesinos, criminales, habían secuestrado y matado a un chico. Y que mis padres estaban horrorizados e indignados. Sobre todo mi padre.

Cuando salimos a la calle, ya no había humo. Fuimos derechos a nuestro coche, y mi madre evitó que miráramos hacia donde estaban las ambulancias y la policía. Y allí, al lado de nuestro coche, una pareja de policías nacionales con un pastor alemán olisqueando nuestro coche.

Mi madre corrió hacia ellos con nosotros pegados a sus piernas (siempre ha sido una imagen constante la de mi madre y tres niños agarrados a ella) y les dijo “¡es el coche de mi marido! Es militar. Queremos salir de aquí” La cara de los policías paso de tensión a alerta. “Señora, tranquila. El coche no parece tener nada. Pero vuelvan a su casa inmediatamente y no salgan. Podría haber una segunda bomba”. Y tenían razón, los terroristas explotaron un segundo coche a unos 500 metros del lugar para, al parecer, borrar pruebas y huir en un tercero.

“¿Bomba? ¿Mamá, ha sido un atentado? ¿Ha sido ETA?” La mentirijilla protectora había caído.

Sí, una bomba. En mi cerebro todo pasó muy rápido. A casa de vuelta. “Bueno, ya que no hay colegio, ¿puedo jugar a la Play?” “Sí, claro Antonio, todo lo que quieras.”

La tele tenía otros planes. La enciendo, y de repente, la foto. Corrí hacia mi madre gritando  “¡Mamá, mamá, es el padre de Pedro!”. Pedro era amigo mío, un poco más pequeño  que yo, hermano de Almudena (la que nos iba a acompañar al colegio esa mañana). Lágrimas. Horror. La cara de pánico de mi madre. Llamadas. A papá. A sus amigas. Creo que incluso intentó hablar con Concha, la mujer de Pedro.

ETA había puesto una bomba al lado de casa. Había matado a un militar, como papá. Además, el padre de un amigo, lo que acerca más la tragedia a tu vida cotidiana. Mis compañeros del colegio llamaron a casa a la hora del recreo (desde una cabina, que entonces aún había de eso), que si los deberes, que si estaba bien, que si me había tirado un pedo. Cosas de niños. Pero eres menos niño después de eso.

Una pausa para recordarle. Al Teniente Coronel Pedro Antonio Blanco García. Otro héroe más que murió por vestir uniforme del Ejército español, que dio su vida por nuestra Nación, España. Otro olvidado por los que ahora homenajean a Otegui y su banda de asesinos, y los que pretenden pactar y negociar con ellos.

ETA golpeó nuestras vidas. La de Pedro y Almudena con especial saña. Y podríamos haber sido nosotros también, que habríamos pasado por ese mismo lugar pocos minutos después, camino del colegio. Dios y la providencia (y la siempre lenta Charito) no lo quisieron.

Tienes 12 años, y tienes conciencia de que el mal existe. Pasas los tres años siguientes mirando debajo del coche, intentando que tu madre no se entere. Tienes miedo. No lo esperabas. Cuando llegamos a Madrid, en el barrio patrullaban coches de la Policía Militar, fusil en mano y espejo por debajo de cada coche. Un día retiraron esa vigilancia, coincidiendo con la tregua, supongo. Y los asesinos rompieron aquella tregua con un asesinato.

No quiero imaginar lo que tuvieron que sentir los ciudadanos que viven en País Vasco, con esa tensión permanente elevada al máximo. En los tres años siguientes tuve miedo. Lo combates preparándote. Aprendiendo. Leyendo. Leía en los periódicos esos reportajes sobre los atentados. Como funcionaba una bomba lapa. Cuando fallaba. Dónde la colocaban. Como actuaban los terroristas. Todo. Y miraba debajo del coche. No lo quieres reconocer, ni siquiera decirlo en voz alta, pero piensas que te puede tocar.

Un día nos rompieron el cristal del coche e intentaron robarlo (unos ladronzuelos sin éxito): cristales rotos, cables debajo del volante…  imaginad el miedo. Poco después de este último incidente, recuerdo que un día no pude más y llorando le pregunté a mi madre si papá era objetivo de ETA. “No, Antonio, tranquilo, claro que no. No te preocupes, no le va a pasar nada.” Ella me abrazaba y estoy seguro que en su fuero interno no estaba del todo segura. Al fin y al cabo, era un oficial de la Armada, militar español, y por ello, potencial objetivo. Pero una madre debe tranquilizar a sus hijos. Es su deber. En esos momentos, corr
es a abrazar a tu padre deseando que nunca le pase nada. No somos conscientes de que efectivamente algún desalmado te lo puede arrancar de tus brazos.

Desde entonces, cuando sabes que en el mundo hay buenos, y hay malos, no concibes las cosas de otra forma. Todo aquello relacionado con terroristas vascos, independentistas que “justifican la lucha”, defensores de la “paz” sin vencedores ni vencidos, me produce asco, odio, y juras que nunca les tratarás como a iguales. Nunca. Ellos son escoria, es la misma escoria el que aprieta el gatillo que el que recoge sus frutos. El que comparte o entiende el asesinato, como el que lo ejecuta.

Desde aquí, desde esta pequeña historia personal, quiero recordar a todas las víctimas de ETA. A todos los miembros de nuestras Fuerzas Armadas que luchan por nuestra Nación. A aquellos que murieron víctimas de la barbarie terrorista. También a los familiares que se han mantenido con dignidad, coraje y valentía.

Y un recuerdo especial para Concha, Almudena y Pedro.

victimas de eta

 

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