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Una era, una típica era de las medianías grancanarias. Ubicada en zona alta, llana y aireada porque el aventado veraniego era cosa más ligera cuando la brisa ayudaba; y junto al camino que unía la Villa de Teror con Arucas para que el traslado del grano también se facilitara. Al lado, una construcción sencilla con tejado a dos aguas servía de pajero, para almacenar la paja una vez trillada; y en otras épocas del año, el millo pajero o el pasto de los cercanos arrifes.
 
El trigo, de abundante cosecha en la zona por las extensas tierras altas de El Hoyo y El Borbullón, debía estar «en abril, espigado; en mayo, granado; en junio, segado y en agosto, trillado». A todo el santoral del cielo rogaban en los bochornosos días de este mes para que el viento ayudara y acabar así lo antes posible con estos trabajitos que Dios les mandaba. «Un soplo de brisa, San Roque bendito, para ir a tu fiesta» 
 
Junto al pajero y la era; castañeros y pinos creaban en la mesetilla que formaba el recodo del camino, un lugar idilíco de aspecto casi pictórico para veraneantes, obispos y vecinos hacendados que en las tardes hasta allí paseaban y descansaban en los taliscos y sobre las trebolinas. Es cierto que este aspecto atrajo pronto a fotógrafos y artistas que dejaron constancia de la belleza de este paraje de San Matías; dándose la circunstancia que ya en un momento en el que estaba en el inicio de su total abandono sirvió de inspiración al genial artista Santiago Santana, que incluyó un dibujo de pino, castañero y casa en la portada del Programa de Fiestas terorense y en la de la partitura de «Caminito de Teror» de Néstor Álamo. A ello ayudó también la romeria del Pino, ya que alli durante años se preparan aparejos, carretas y carrozas, calabazas y papas para el anual ofrendatorio a nuestra Señora del Pino.
Toda la zona fue conocida por los terorenses hasta mediados del pasado siglo -sobre todo, por los del vecino Cortijo de Osorio- por el nombre de su propietario a fines del XIX, don Juan Antonio Domínguez. Y por ello llamaban al lugar «la era de Juanito Antonio» y a la edificación lindera como «la casa de Juanito Antonio»; aunque con toda seguridad, por su ubicación y tipología fue pajero y no lugar de habitación.
 
Las evocaciones literarias, periodísticas y en otros eventos de añoranza de las tardes veraniegas de algunos terorenses y otros miembros de la «colonia» -el grupo de familias que anualmente aquí pasaban el periodo estival- son frecuentes y aparecen en diversos textos. Como, en el siguiente de don José García Ortega, sacerdote nacido en Teror en 1891, que acabó ocupando una canonjía en la Diócesis Nivariense. «El recuerdo perenne para mí de la suave brisa del pino canario a cuya sombra nací, el traer a mi mente los días felices en que con otros niños asistiéramos a las familiares trillas que tenían lugar en la era de Juanito Antonio de mi querida villa de Teror y desde donde contemplaban mis ojos la salida y llegada de los buques que lo hacían al Puerto de la Luz».
 
De alli salieron las primeras comitivas que a partir de 1952 conformaron el acto renovado y recreado de la Romería del Pino. Pero las mudanzas de costumbres que nos hicieron ir abandonando nuestros campos mediando el pasado siglo, hicieron que la edificación dejara de usarse, de tal manera que ya en la década de los 60 «la casa de las pulgas estaba muriéndose». Ya en esta época estaba motejada con el nombrecillo que la hemos conocido; y es que, pese al abandono que menciono, siguió usándose pero para otros menesteres. El genial periodista ya desaparecido, Salvador Sagaseta, en una de las tantas «rememoranzas terorenses» con que nos regalaba con cierta regularidad a sus lectores afirmaba: «En Teror eran de verdad agradables los restos de la Casa de las Pulgas, primero usada por los amantes furtivos y luego por los cagones, que acabaron prosaicamente con el invento… Era una casi puerta desgajada de las bisagras, que se hacía querer porque se le adivinaba en su aparatosa decrepitud como superviviente a una masacre» Y ello trajo consigo una cierta laxitud relajada de usos, en la que todo perro y gato tenía franca la puerta, y con ellos, toda la comitiva de insectos que se adueñaron de la casa y le pusieron apelativo, no sin un cierto toque de esnobismo, que más pareciera nombrete que nombre. Y las pulgas quedaron, con su ocupación de hecho, propietarias de una casita de campo en una ondulada colina cerca del valle de Teror.
 
Y en esa ondulada colina se fijaron los del Cabildo cuando a fines de estos sesenta quisieron ubicar en zona talayera y de buenas vistas, un parador, restaurante y «mirador». Y para «mirar» buena era la era de Juanito Antonio. Vendría Santiago Santana y ratificaría las excelencias del pajero pulgoso: «¡Claro que me gusta! Es un cuadro sabroso éste de «la casa de las pulgas». Una casita añosa y herida por el tiempo. Una era delante. Detrás, dos pinos recios. Eso es todo. Un cuadro sencillo, pero bello. Codiciado de pintores y fotógrafos que lo han hecho isleñamente conocido, y turísticamente hablando el sitio es estratégico» Vendría Boyer, el arquitecto tío del otro Boyer político, y ratificaría con su proyecto lo ideal del lugar para ubicar su edificio. Y la casa que había sido pajero, lugar de cautelosos devaneos sexuales y habitáculo de insectos, pasó a convertirse por poco tiempo en muestrario de artesanías para la riada de visitantes que se esperaba.
 
La «Casa de las Pulgas» tendría un ligero y fugaz momento de resurgir, para la que se volvió a limpiar y asear. El día de San Blas de 1989, las empresas Herencia Remondo y Cadelpsa (presidida
por el recordado terorense y amigo don Isidro González) inauguraron en su interior «La Bodeguita».
 
Con un poco de interés, casa, pinos, mirador y parador dejarían de ser cubil y refugio de insectos sanguinarios y pasarían nuevamente a ser referencia y encuentro del turismo terorense.
 
José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror
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