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En los últimos dos años se ha acuñado un término al que se le debe prestar su debida atención: Flygskam. Este neologismo procedente del  sueco, con sus traducciones en alemán “Flugscham” o en inglés “flight shame”, describe la vergüenza que sienten muchas personas con alta conciencia ambiental  al utilizar el avión como medio de transporte, frente a medios más sostenibles como el tren. En Escandinavia y principalmente en Suecia se está observando un retroceso en el uso del avión para vuelos domésticos en favor del tren e incluso del automóvil.  Esta tendencia puede resultar muy nociva para nuestro sector turístico, altamente dependiente del transporte aéreo. Si para colmo se acrecienta la tendencia al aumento de las olas de calor y sequías estivales al norte de Los Pirineos, muchos turistas concienciados desecharán destinos lejanos, que no ofrecen nada exclusivo y precisan de desplazamientos tan largos.  Con este sombrío panorama en el horizonte, se podría decir que solo nos queda encomendarnos a la falta de luz del invierno europeo, como motivo para que muchos turistas se “salten” sus principios éticos y asuman la emisión de 2 toneladas de CO2 por persona en su desplazamiento de ida y vuelta.

Para colmo de males, cuando el turista que nos visita se aproxima a su destino, se encuentra con un paisaje desgarrador. El área de aproximación al Aeropuerto de Gran Canaria no puede ser más fea, con grandes superficies de invernaderos, algunos en uso, que no resultan bonitos y muchos abandonados, que dan una impresión de abandono y desidia, más propio de estados fallidos, que de un destino paradisiaco y perteneciente a Europa. 

No cabe duda de que la realidad nos obliga a afrontar el problema con objetividad, rigor e imaginación, para dar la adecuada respuesta a esas amenazas del principal motor de nuestra economía.  Dado que los aviones propulsados por energías alternativas tardarán en ser una realidad, las soluciones tendremos que “fabricárnoslas nosotros”. 

Como sabiamente  sentenció el famoso poeta irlandés Oscar Wilde, “Nunca hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”. Resulta fundamental conseguir, que nuestros visitantes estén convencidos desde el principio, de que la elección de Canarias como destino para sus vacaciones es adecuada. Esto pasa por conseguir cuanto antes, que Canarias sea un destino sostenible. Ese fue por ejemplo el principal caballo de batalla del Gobierno de Canarias en la pasada Cumbre del Clima en Madrid-Cop-25. Es de alabar que la Consejería de Transición Ecológica se haya trazado ese objetivo, lo que se alinea claramente con la política que del Cabildo de Gran Canaria hacia la soberanía energética. 

Será imprescindible incrementar en los próximos años de forma drástica la penetración de las renovables, muy lejos todavía de los porcentajes razonables y deseables. Asimismo resulta imprescindible conseguir cuotas más altas de soberanía alimentaria, estamos estancados entre  el 10 y el 20% de autoabastecimiento de productos alimenticios y  todos los estudios sostienen, que las islas deberían aspirar al 40-60%. No cabe duda, que un sector primario pujante tendría múltiples efectos positivos sobre el paisaje, las emisiones de CO2 de los productos de cercanía y la creación de empleo estable y por ende de riqueza y bienestar.

Centrándonos en el problema del paisaje del entorno del Aeropuerto de Gran Canaria, es fundamental acometer un verdadero plan de choque, que no se quede en un intento de maquillaje. Los vertidos de plásticos de invernadero, que si no se gestionan terminarán en el mar, arrastrados por la lluvia y el viento, precisan de una rotunda campaña, independientemente de quien sea el causante de tal desaguisado. Es una verdadera irresponsabilidad permitir e incluso financiar con fondos públicos la instalación de invernaderos, sin establecer una “cláusula de retirada” al renovar instalaciones o abandonar la actividad.  Asimismo se debe conseguir crear un paisaje que resulte agradable a la vista y que lleve intrínseco signos de progreso y prosperidad. Hace unos días los periódicos locales recogían la noticia, que el Gobierno de Canarias quiere sustituir el plástico de los invernaderos por placas fotovoltaicas. No cabe duda de que esto supondría un importante golpe de efecto, en el caso del Este-Sureste de Gran Canaria, podría convertir la comarca en nuestro generador de energía limpia, al integrar sobre la misma superficie aerogeneradores y placas fotovoltaicas.

En esta idea es importante que la agricultura no pierda importancia en la comarca. No sobran en Gran Canaria los terrenos llanos de grandes dimensiones, donde la agricultura se puede racionalizar. La posibilidad de regenerar aguas residuales y desalinizar agua de mar con energías alternativas ofrecen un horizonte muy esperanzador.

 Como complemento paisajístico es factible utilizar los peores suelos para crear arboledas y parques periurbanos, aprovechando justamente los caudales de aguas regeneradas, que a menudo y de forma incomprensible se vierten al mar. El bosque es el principal sumidero de CO2, sirve de faja cortaviento  para la agricultura y suaviza el paisaje. No cabe duda que la zona ganaría mucho en belleza y sería la entrada ideal al Sur de la isla. Si bien el viento juega en contra del establecimiento de zonas arboladas, el uso de las especies adecuadas, el diseño de franjas suficientemente anchas y en dirección norte sur, para no actuar de barrera y sobre todo, asegurando un riego constante con aguas regeneradas pueden ser las claves para hacer viable esta idea.

Como siempre es necesario pensar en la financiación. Estos bosques de zonas bajas pueden llegar a ser rentables, dado que pueden llegar a ser muy productivos, si se gestionan de forma adecuada. Pueden ser una fuente de biomasa y madera de carpintería, que a su vez redundaría en limitar la importación de productos forestales. Pero la verdadera rentabilidad está sin duda en los beneficios que generan los llamados Servicios Ecosistémicos, es decir en la suma de efectos positivos que estas zonas arboladas ofrecen a la sociedad en forma de paisaje, fijación de CO2, mejora del clima local, generación de zonas de esparcimiento para la población, regeneración de suelos lavados por una agricultura intensiva y que ha abusado de los productos fitosanitarios más perniciosos.

En definitiva se puede reconvertir la franja costera del Sureste de Gran Canaria en una comarca de futuro, que proyecte una imagen de progreso sostenible, que haga sentir bien a nuestros visitantes, quitándoles la vergüenza de volar hasta Gran Canaria y nosotros la vergüenza, que ellos aterricen en nuestra isla.




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Esteban Rodríguez García

La confianza