Esta anécdota ocurrió en los años sesenta en un pueblo del noroeste de nuestra isla, y me la contó el autor de la broma, al que conozco de toda la vida, mientras nos tomábamos una cerveza en un bar de la zona. No voy a citar ni siquiera el pueblo donde viven los protagonistas por ser una familia muy conocida, sobre todo la víctima.

La verdad es que la broma no tiene desperdicio y desde luego a mí me resulta un tanto fuerte. Por eso he pensado que será mejor no utilizar los verdaderos nombres de los protagonistas, ya que en realidad es lo que menos importa, pues de seguro que la mayoría de las personas que peinan canas como yo, que sean del noroeste, los conocerían, al menos a la víctima, y no sea que algún familiar leyera esta vivencia y se pudiera molestar. 

Miguel, Miguelito como todos le llamaban, era un hombre bastante alto, fuerte como un toro y tan bruto como él cuando lo hacían calentar. En verdad era un hombre que imponía respeto. Pero como casi todas las personas corpulentas y fuertes, era de lo más pacífico, amable y servicial. Tenía un taxi en su pueblo y se ganaba la vida trabajándolo una media de diez o doce horas al día para poder mantener a su numerosa familia. Vivía en una casa terrera de su propiedad con su mujer y sus hijos, hasta que fueron creciendo e independizándose.

En los años sesenta y setenta del pasado siglo estuvo muy de moda cubrir las paredes de las casas con papel pintado en vez de la pintura tradicional. Tres hijos de Miguelito aprovecharon muy bien el momento y no daban abasto a empapelar casas. El jefe del grupo, el que contrataba y cobraba, era Pepe, mi amigo; aunque las ganancias las repartían a partes iguales. Los tres eran solteros aún y vivían en la casa de sus padres, por tanto una parte de lo que ganaban se lo entregaban a su madre todos los sábados, para colaborar con la comida y los gastos de la casa.

El pegue del papel a la pared lo hacían con un pegamento muy potente que venía en unos sobres cuyo nombre e instrucciones de uso estaban en chino. Venían en polvo y había que mezclarlo con agua, naturalmente con la dosis adecuada, para que cumpliera con su función.

Un sábado por la tardecita estaba Pepe guardando unos sobres de pegamento en una caja de cartón, cuando su padre, que estaba sentado en el patio cogiendo algo de fresco, se interesó por lo que estaba haciendo su hijo con esos sobres. Pepe se queda pensando unos segundos, se sonríe entre dientes sin que su padre lo viera y a renglón seguido se produce el siguiente diálogo:

 

  • Miguelito: Y esos sobres p’a que son Pepe……

 

  • Pepe: Estos sobres son un champú especial y muy bueno que estoy vendiendo…..

 

  • Miguelito: Y ese champú p’a que carajo sirve……

 

  • Pepe: Oh, p’a que va a servir el champú padre, p’a lavarse la cabeza…..

 

  • Miguelito: Ah carajo, y por casualidad no será bueno p’a la caspa, porque es que me paso el día rascándome la cabeza. A veces me rasco tanto que me hago hasta sangre.

 

  • Pepe: Padre, le puedo asegurar que este champú es lo mejor que hay para la caspa. Usted se lava la cabeza con él y está una temporada larga sin caspa ninguna. Vamos, que estaría meses sin tener que rascarse…..

 

  • Miguelito: Coño Pepe pues regálame o véndeme un par de sobres que mañana mismo lo voy a probar.

 

  • Pepe: Tome uno que yo se lo regalo. Con uno es suficiente para un lavado y si le va bien yo le regaló algunos más.

 

  • Miguelito: Gracias hijo. Te lo agradezco. Ya te contare como me va……

 

Y aquí termina la conversación de Pepe con su padre, que se tiene que ir del patio para que no lo viera reírse, pues era un hombre muy bruto y había que huir de él cuando se enroñaba. Así que inmediatamente empieza a darle vueltas a la cabeza a ver dónde iba a vivir por una temporada a partir del día siguiente porque su padre si lo coge lo mata de la paliza que le pega.

Al día siguiente, Domingo, Miguelito no trabajaba pues era su día de descanso. Así que nada más levantarse, antes de desayunar como hacía siempre, le dice a su mujer que le calentara agua para bañarse y lavarse la cabeza. La mujer hace lo que le pide su marido y al rato le avisa de que en el baño tiene un balde con el agua calentita y una toalla para secarse.

Miguelito se mete en el baño y se quita la ropa que cuelga en una alcayata.  Siguiendo las instrucciones que le había dado su hijo Pepe, se moja bien la cabeza y se vacía parte del sobre en una mano. A continuación se empieza a frotar bien la cabeza con «el champú» y al cabo de un momento nota que el pelo se iba quedando como apelmazado, e incluso los dedos estaban algo pegajosos. No le da mayor importancia y se echa más agua y el resto del “champú” que quedaba en el sobre y sigue frotando, pero fue peor. La cabeza se estaba poniendo como acartonada y los dedos se le pegaban unos a otros. No se lo explicaba, pues lo estaba haciendo tal cual le dijo su hijo, pero cada vez el pelo se ponía más tieso y los dedos casi no podía separarlos. Se pone los calzoncillos y empieza a llamar a su mujer a gritos que acude corriendo creyendo que se había caído. Cuando la mujer le ve la cabeza y el sobre de los polvos que estaba en el suelo, empieza a reírse sin poder parar al tiempo que le decía: ¡Ay Miguel que ya tu hijo Pepe te la jugó!. Miguelito no se podía creer que su hijo le hubiera engañado de aquella manera. Sale del baño en calzoncillos corriendo por el patio y llamando a gritos a su hijo Pepe que lógicamente no estaba por ningún sitio, pues desde que oyó que su padre se iba a bañar cogió el bolso, que ya tenía preparado, y salió a escape de la casa.

El pelo cuanto más se secaba más tieso y duro se ponía. Los dedos los pudo despegar a base de agua caliente, alcohol y mucha paciencia. Estaban tan pegados que no pudo evitar arrancarse más de un trozo de piel. La única solución para el pelo era cortarlo desde la raíz. Así que su mujer, sin poder aguantar la risa, se lo fue cortando poco a poco con unas tijeras. Miguelito no paraba de quejarse: «Pero qué clase de hijo le hace esto a un padre» y le repetía a su mujer una y otra vez: «!!De esto que no se entere nadie!!».

Al día siguiente, tempranito, y con una gorra que le llegaba hasta las orejas, se fue a la barbería y le dijo al barbero que lo pelara al rape, al cero. Este, extrañado al verle el pelo tan mal cortado y tieso, le preguntó qué le había pasado. Miguelito lo mira con cara de pocos amigos y le contesta tajantemente: «Es que estoy pagando una promesa». Pues al mismo tiempo pensaba: «Menuda se iba a armar si los amigos se enteran de lo que me había pasado». El barbero no se creyó lo de la promesa pero no se atrevió a preguntarle nada más.

Me dijo Pepe que estuvo casi dos meses viviendo en una casa que le había prestado un amigo. Iba a la casa familiar cuando sabía que no estaba el padre, para ver a la familia, sobre todo a su madre, y de paso comer algo caliente porque ya estaba harto de bocadillos.

Y añadió todavía con la sonrisa en la boca: Cualquiera se acercaba cuando estaba el viejo.

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