Esta vivencia nos ocurrió a Efrén Armas Falcón y a mí, allá por el año 1964/1.965. Estábamos en pleno invierno y había nevado en la cumbre, por lo que decidimos ir a ver la nieve, pues sólo la habíamos visto en el cine y de lejos en el pico Teide. Salimos a media mañana de un sábado en el «Renault Gordine» de Efrén y nos encontramos una caravana kilométrica antes de llegar a Tejeda. Nos llenamos de paciencia hasta que poco a poco llegamos cerca del Pozo de Las Nieves, que es el lugar más alto de la isla con sus 1949 metros. Había caído una buena nevada, aparcamos donde pudimos y nos bajamos del coche para patearla y tocarla durante un rato porque sentíamos mucho frío a pesar de que íbamos bien abrigados. O eso creíamos nosotros.

Después de estar un buen rato con la nieve y visitando aquel lindo lugar que nunca habíamos visto, decidimos regresar pues eran cerca de las dos de la tarde y ya teníamos ganas de comer. El regreso lo hicimos por Teror para comer allí. Cuando llegamos eran ya más de las tres de la tarde, pues también cogimos algo de caravana en la bajada.

Después de aparcar entramos en un restaurante que estaba a la entrada del pueblo. Nos sentamos en una de las numerosas mesas que a esa hora estaban vacías y al momento se nos acerca un chico de unos 15/16 años y nos preguntó que deseábamos. Le dijimos que nos trajera la carta e inmediatamente desapareció de nuestra vista. Ya estábamos extrañados pues habían pasado ya unos 10 ó 15 minutos, cuando vimos llegar al chico que apresuradamente nos puso encima de la mesa unas cartas de la baraja española. Por mucho que lo intentamos para no herir los sentimientos del muchacho, no pudimos aguantar la risa al tiempo que le explicábamos que lo que queríamos era la carta de comidas para saber que había de comer. El pobre chico se avergonzó tanto que desapareció de nuestra vista llevándose la dichosa baraja. Al momento viene el dueño del Bar-Restaurante y nos pide disculpas explicándonos que no utilizan carta de comidas y el chico se confundió pues son las únicas cartas que él conoce. Le dijimos que no se preocupara, que lo entendíamos, que lo que queríamos era saber lo que había para comer. Nos dijo lo que tenía, pedimos y comimos muy bien. Al pobre chico no lo volvimos a ver.

Nos llamó la atención los mensajes que había en el Bar-Restaurante, pues se veía que su propietario era un canario de pura cepa y le gustaba utilizar palabras o frases ya en desuso. Les cuento: En la puerta de entrada y salida del restaurante decía:

Para entrar, «arrempuje«. Para salir, «jale«.

Había otro cartel en un lugar bien visible del establecimiento que tampoco tenía desperdicio. Se trata del clásico cartel en el que se informa el día de cierre por descanso del personal. Es este Bar-Restaurante para indicar que cerraba los Domingos lo decía con esta frase: «Se tranca los sábados y se pega los lunes» 

Como dice nuestro paisano Braulio en una de sus múltiples y preciosas canciones: «Eran otros tiempos».

Y así acabó esta jornada de campo y nieve, que como observarán dio bastante de si.

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