Conocí a Fernando a través de un amigo común allá por los años ochenta del pasado siglo. Tiene una Comercial de Representaciones y Distribuciones de productos de bebidas, sobre todo de vinos, y le va muy bien. Hace varios años que no le veo y espero que siga disfrutando de la vida.

Es un gran conversador y es, además, un enamorado y protector de las costumbres canarias. Le gusta contar algunas anécdotas, que generalmente le han ocurrido a él, y tiene una gracia especial para ello. Hace algunos años acostumbrábamos vernos los sábados al mediodía en el “Bodegón” del Pueblo Canario. En uno de esos encuentros nos relata a los dos o tres amigos que estábamos en ese momento la anécdota que hoy quiero contarles.

Fernando es un gran aficionado a la caza, sobre todo, la del conejo, aunque también le suele tirar a alguna paloma con la que hacer luego un buen caldo. Goza de una saneada economía y por tanto se permite el lujo de estar bien equipado para la práctica de su deporte favorito. Tiene tres buenos perros; un par de hurones y dos buenas escopetas.

Un día que estaba visitando clientes por la zona de Telde se encuentra a su primo Cuco, al que le tiene mucho aprecio, y que hacía algún tiempo que no veía. Después de saludarle Cuco le dice que a ver cuando lo invitaba a una cacería. Fernando le dice que cuando el quiera, pues él se iba de caza algunos Jueves si el trabajo se lo permitía y todos los Domingo. Así que quedan para el siguiente Domingo a las 06 de la mañana en su casa de las afueras de Teror.

Cuando llega el Domingo Cuco estaba en la casa de Fernando un cuarto de hora antes de la hora señalada. Salen en el todo terreno de Fernando ellos dos y tres amigos más que son sus compañeros habituales, su cuadrilla,  y lógicamente los perros y los hurones, que van en sus correspondientes jaulas.

En la caza del conejo hay dos modalidades: «Al acecho», que se lleva a cabo al amanecer y al atardecer que es cuando el conejo sale a comer. Esta modalidad consiste en apostarse, en absoluto silencio y bien camuflado, en un lugar donde se sabe que hay conejos; luego esperar a que salgan a comer y a tiro limpio. La otra modalidad es a campo a través usando perros y cuando es necesario el hurón. Esta modalidad es la más bonita y donde el perro tiene un gran protagonismo. Es la que más gusta al cazador.

A Fernando y a su cuadrilla les gusta empezar la jornada muy temprano para aprovechar el amanecer y practicar la modalidad de «Al acecho», pues con un poco de suerte empiezan la cacería cobrando cuatro o cinco piezas.

Fernando, que lógicamente conoce la zona donde van a cazar, ya sabe dónde hay conejos. Cuando llegaron al lugar elegido coloca a su primo en un sitio que él sabía que saldrían a comer varios conejos, pues quería que Cuco lo pasara bien y que se llevara, aparte de un par de conejos, un buen recuerdo.

Ellos se colocan en otras zonas, teniendo siempre la precaución de no colocarse nunca en la línea de tiro de ningún compañero, y menos aún en la de Cuco que al no tener mucha experiencia se le podría escapar algún disparo. Al cabo de diez o quince minutos se oyen dos disparos seguidos de su primo Cuco, y a voz en grito le pregunta: Lo mataste primo?. A lo que Cuco le contesta también gritando: «Nooo, pero lo eche del municipio».

Se pueden imaginar las risas de todos por la respuesta tan ocurrente. Lo peor para Cuco es que los conejos no volverían a salir de la madriguera hasta la tardecita, pues eso tiene esta modalidad, hay que aprovechar la primera tirada. No tienes otra oportunidad.

Pero la cacería no había acabado; es más estaba empezando. Ahora realmente empezaba la verdadera cacería, la que, como ya dije, más gustaba al cazador viendo trabajar a los perros cuando encontraban un rastro. En cuanto al rastro que pueda seguir un perro hay que saber distinguir pues a veces se empeñan en seguir el rastro de algún lagarto, sobre todo cuando son perros jóvenes.

Fernando dispone a la cuadrilla en forma de abanico, que va desde una orilla a la otra de un barranco bastante amplio en el que él sabe a ciencia cierta que hay conejos. A Cuco lo sitúa en una zona menos escarpada, en un extremo del abanico junto a una pared que protege a una finca de plataneras. Iban los tres perros delante buscando algún rastro y ellos algo más atrás muy atentos a las reacciones de los animales. En un momento dado uno de los perros se va a la zona de Cuco y se sitúa junto a la pared ladrando y moviendo el rabo en señal de que había encontrado un rastro. Cuco nervioso y contento al mismo tiempo empieza a llamar a Fernando  para que fuera junto a él con el hurón. Fernando llega con la jaula del hurón bajo el brazo y le pregunta qué es lo que pasa. Cuco le contesta que el perro ha encontrado un conejo. Fernando se llena de paciencia y le explica: Mira Cuco, aquí no puede haber ningún conejo. El perro, como tantas veces sucede, ha seguido el rastro de un lagarto. Cuco no se convence y sigue insistiendo. Su primo le reprocha algo molesto ya: Pero tú no ves que la pared esta lisa y encalada y que no hay ninguna grieta por donde se podría haber metido algún conejo. Y su primo Cuco, encabezonado, le responde con convicción: P’os abre un agujero y mete al hurón porque cuando encalaron la pared dejaron al conejo dentro».

Fernando se le queda mirando a ver si averiguaba si estaba de coñas o hablaba en serio y sin poder aguantarse más se empieza a reír de tal forma que los contagió a todos. Pero Cuco se mantuvo serio.

La cacería continuó su ritmo y abatieron un buen número de piezas y hasta Cuco mato a uno. Había suficientes conejos para la comida del día y para qué su primo se llevará un par de conejos para su casa. Se dio por finalizada la jornada a eso de la una de la tarde, cogieron el coche y tiraron para Teror.

Es imprescindible que en toda cuadrilla haya alguien que sepa cocinar, pues a los que no somos cazadores natos, como yo, lo mejor de la caza es el tenderete que se arma después. Les aseguro que los mejores conejos me los he comido en esos tenderetes, bien fritos o al «salmorejo» con unas papas sancochadas y lógicamente regados con un buen vino o un pisco de ron. A estos tenderetes siempre se suele arrimar algún amigo, bien invitado o que se deja caer al olor de la cocina. También es costumbre de jugarse un envite al finalizar la comida, si hay gente suficiente para formar dos equipos.

Mientras se come y se echan los piscos, lo normal es que casi toda la conversación gire en torno a la jornada de cacería. Y en esta, de más está decirlo, la conversación favorita fueron las ocurrencias de Cuco. Los invitados se partieron de risa cuando Fernando les contó lo que había pasado con su primo.

Ya finalizando, Fernando reflexiona en voz alta: Esta ha sido para mí una jornada de caza especial y muy difícil de olvidar, pues no conocía las «dotes» de cazador de mi primo Cuco.

También nosotros, en el Bodegón, nos reímos mucho cuando Fernando acabó de contarnos esta simpática anécdota.

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