Esta vivencia que les voy a relatar me la contó el mismo protagonista que les voy a presentar a continuación, hace ya unos treinta años. A mi me resulta simpática y poco usual, y es por eso por lo que he decidido contárselas.

El protagonista de esta anécdota se llama Ceferino y le conozco perfectamente por ser primo de mi difunta esposa. Ceferino desde muy joven trabajaba de peón en calidad de fijo en una finca de plataneras y tenía con cierta frecuencia dolores de lumbalgia, pero que él exageraba. Un día se plantea pedir la baja al médico por enfermedad y no trabajar más. Así que pasan los meses y al año y medio el tribunal médico le concede la baja permanente por enfermedad profesional, pasando a ser pensionista y percibiendo prácticamente el mismo salario que cobraba trabajando. Ustedes se dirán que esto no tiene nada de extraño, pues sucede o mejor dicho sucedía en aquellos tiempos con mucha frecuencia. Pero lo anecdótico de Ceferino es que entonces tenía apenas treinta años y eso si que era muy extraño y novedoso.

Lo cierto es que Ceferino no dio nunca más un palo al agua en cuanto a trabajar en las plataneras se refiere. No las quería ver ni en pintura, porque verdaderamente el trabajo en las fincas de plataneras es muy duro y muy mal pagado. Sin embargo si echaba algunas horas trabajando junto con su esposa en una cafetería de una cuñada suya, hermana de la mujer, que tenía en la ciudad de Las Palmas. Pero no vayan a creer ustedes que esto era un trabajo fijo, porque Ceferino no era hombre que viviera para trabajar, sino que el trabajaba lo justo para vivir.

Pues bien, así vivía el protagonista de mi historia cuando un día, pasados ya  unos veinte años desde que estaba de pensionista, se persona en su casa de Anzofé un señor de Gáldar, al que llamaremos don Federico, que tiene varias fanegadas de plataneras y le hace la siguiente propuesta: Hola Ceferino, soy fulano de tal y me he enterado de que usted era un especialista en cortar las florillas de los plátanos. (Verdaderamente esta labor hay que saber hacerla bien pues se corre el riesgo de echar a perder el racimo, pero tampoco tiene ningún misterio). Yo sé que usted es pensionista pero eso no impide que usted eche unas horas en mi finca, pues lo hacemos calladita la boca y usted se gana unas pesetas más sin trabajar mucho y yo me ahorro pagar a la Seguridad Social, porque como usted bien sabe, esto se hace con mucha frecuencia. Antes ese trabajo lo hacia yo a ratos pero ahora mismo ya estoy algo mayor y he pensado en irme retirando poco a poco.

Ceferino escucha con mucha atención la oferta de don Federico, y dejando pasar unos segundos de silencio le dice: Mire don Federico yo le agradezco su ofrecimiento y el simple hecho de que se haya acordado de mi. Así que si me lo permite le voy a dar un consejo: Pero antes dígame: Usted cuantas fanegadas de plataneras tiene?. Oh, pues vienen siendo unas cinco fanegadas, le contesta el terrateniente. Pues mi consejo es que venda tres y así las dos que le quedan las puede atender usted. Porque lo que es yo no pienso pisar una poza de platanera en lo que me queda de vida.

Desde luego lo tenía claro!.

Y así sigue viviendo mi protagonista. Y así crió a sus hijos. Es cierto que su esposa, que trabajaba a jornada completa de cocinera en la cafetería de su hermana, tiro del carro familiar en un porcentaje mayor que él. Hoy en día ya está jubilada y entre las dos pensiones viven de manera desahogada y felizmente. !Para que quieren más!.

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