Es emocionante y esperanzador que entre todos hagamos algo juntos a la vez, que seamos capaces de hacer algo muy bueno. Es un gran acto colectivo que nos demuestra que la concienciación podría hacernos lograr muchas cosas que son graves en nuestra sociedad, como la violencia contra las mujeres, la contaminación o aumentar la economía social y también, cómo no, de las personas sin hogar.

Emociona ver a millones de personas decididas cada uno/a desde su casa para no extender el virus. Y lo hacemos conteniéndonos, renunciando a salir y exhortando a todos a hacerlo con hashtags como #YoMeQuedoEnCasa. No se hace a base de gritos ni concentraciones, sino siendo más profundos, desde la serenidad e inteligencia.  Esto nos hace pensar, meditar, sentir, comunicar, solidarizarnos y aprender. El coronavirus nos está separando a todos.  Las redes sociales son otra cosa estos días. Funcionan para lo que fueron hechas, para dialogar, pensar, crear, y celebrar juntos. El poder de los medios no siempre está en sintonía con el amor a la verdad y a la proporcionalidad. Y es la verdad la que nos hace libres y responsables.

No podemos evitar dejarse interpelar con ocasión de un nuevo mal que pone en jaque el equilibrio social y económico. Una enfermedad es siempre un desafío para preguntarnos qué hay detrás. Y lo que se manifiesta es la vulnerabilidad humana y las pocas seguridades con que contamos.

También quiero levantar la voz por las personas que de verdad necesitan mascarillas, en su día a día y que ahora encuentran las farmacias desabastecidas. Hablo de los profesionales sanitarios sacando adelante el trabajo como pueden. Hablo de los prejuicios infundados que aíslan a algunas personas. Y hablo cómo no, de todas las emergencias que quedan en segundo plano ante la mirada mundial, eclipsadas por el morbo y la histeria colectiva. Hay enfermedades con tasa de mortalidad exponencialmente más implacables que colorean los mapas epidemiológicos al revés que nuestro COVID-19, y que no ocupan ni una esquinita de las noticias porque están donde no importa.

Acaso, siempre no ha habido leprosos, peste, epidemias, sida, ébola, gripe A… Y seguirá habiéndolos.

Si somos profundos y tenemos inteligencia colectiva, tenemos sentido. Entonces, podríamos parar otras muchas cosas que están destruyendo nuestro planeta y el corazón de muchas personas. Ahora concentrémonos en esto, con nuestra inteligencia multitudinaria, es parar este Tsunami con nuestra mente cada uno desde su casa, sabiendo que no somos dioses sino criaturas frágiles.

 

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